Ulises

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—¿Tienes la llave? —preguntó una voz.

—Dedalus la tiene —dijo Buck Mulligan—. Janey Mack[30], estoy asfixiado.

Sin apartar la mirada del fuego, aulló:

—¡Kinch!

—Está en la cerradura —dijo Stephen, adelantándose.

La llave giró dos veces, raspando ásperamente, y cuando se hubo abierto la pesada puerta, entraron, bien venidos, luz y aire vivo. Haines se quedó en el umbral mirando hacia afuera. Stephen arrastró su valija hasta la mesa y se sentó a esperar. Buck Mulligan arrojó la fritada sobre la fuente que tenía a su lado.

Luego la llevó a la mesa junto con una gran tetera, se sentó pesadamente y suspiró aliviado.

—Me estoy derritiendo —exclamó—, como dijo la vela cuando… ¡Pero basta! Ni una palabra más sobre ese asunto. Kinch, despierta. Pan, manteca, miel. Haines, ven. La comida está lista. Bendícenos, Señor, y a estos tus dones. ¿Dónde está el azúcar? ¡Oh, carajo!, no hay leche.

Stephen fue a buscar el pan, el pote de la miel y la mantequera a la alacena. Buck Mulligan, repentinamente de mal humor, se sentó.

—¿Qué clase de ternera es ésta? Le dije que viniera después de las ocho.


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