Ulises
Ulises —No sé, te lo aseguro. —Y caminó con lentitud hacia la puerta. Buck Mulligan se inclinó hacia Stephen y le reconvino con grosero vigor:
—Ahora sà que has metido la pata. ¿Para qué has dicho eso?
—¿Y qué? —dijo Stephen—. La cuestión es conseguir dinero. ¿De quién? De la lechera o de él. Cara o cruz, eso es todo.
—Le lleno la cabeza de ti —exclamó Buck Mulligan— y luego sales con tus indirectas piojosas y tus oscuras maniobras de jesuita.
—Hay muy poco que esperar —dijo Stephen— tanto de ella como de él.
Buck Mulligan suspiró trágicamente y apoyó su mano sobre el brazo de Stephen.
—De mÃ, Kinch —dijo.
Cambiando súbitamente de tono, agregó:
—Para decirte la pura verdad, creo que tienes razón. Maldito sea para lo que sirven. ¿Por qué no juegas con ellos como yo? Al infierno con todos. Salgamos de aquÃ.
Se puso de pie, se aflojó la bata, y quitándosela con toda gravedad, dijo resignadamente:
—Mulligan se despoja de sus vestiduras.
Vació sus bolsillos sobre la mesa:
—Ahà está tu limpiamocos —rezongó.