Ulises
Ulises Haines, que habÃa estado riendo por lo bajo, se puso al lado de Stephen, diciendo:
—Supongo que no deberÃamos reÃrnos. Es algo blasfemo. Yo tampoco soy un gran creyente. Sin embargo su alegrÃa lo hace inofensivo en cierta forma, ¿verdad? ¿Cómo lo ha llamado? ¿José el carpintero?
—La balada del Jesús jocoso —contestó Stephen.
—¡Oh! —dijo Haines—, ¿la habÃa escuchado antes?
—Tres veces al dÃa, después de las comidas —dijo Stephen lacónicamente.
—Usted no es creyente, ¿verdad? —preguntó Haines—. Quiero decir, un creyente en el sentido estrecho de la palabra. La creación de la nada, los milagros y un Dios personal[47].
—Me parece que la palabra no tiene más que un sentido —respondió Stephen.
Haines se detuvo para sacar una bruñida petaca de plata en la que destelló una piedra verde. Saltó la tapa a la presión del pulgar y se la ofreció.
—Gracias —dijo Stephen, cogiendo un cigarrillo.