Ulises

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Haines se sirvió y cerró la caja, que produjo un chasquido. La volvió a guardar en el bolsillo del costado y sacó del chaleco un encendedor, lo abrió también con un golpe de resorte y, después de encender su cigarrillo, lo alargó hacia Stephen protegiendo la llama en el hueco de sus manos.

—Evidentemente —dijo mientras reanudaban la marcha—: o se cree o no se cree, ¿verdad? Personalmente, yo no podría digerir esa idea de un Dios personal. Supongo que usted no la sostiene, ¿verdad?

—Usted ve en mí —dijo Stephen con torvo desagrado— un horrible ejemplo del libre pensamiento.

Siguió caminando, esperando que le hablaran, arrastrando su garrote al costado. El regatón lo seguía levemente sobre el camino, chillando en sus talones. Mi familiar[48], detrás de mí, llamando Steeeeeeeeeeeephen. Una línea titubeante a lo largo del sendero. Ellos andarán por aquí esta noche, acercándose en la oscuridad. Él quiere esa llave. Es mía, yo pagué el alquiler. Ahora yo como su pan salado[49]. Darle la llave también. Todo. Él la pedirá. Estaba en sus ojos.

—Después de todo… —comenzó Haines.

Stephen se dio la vuelta y vio que la fría mirada que lo había medido no era del todo malevolente.

—Después de todo, yo creo que usted es capaz de liberarse. Me parece que usted es dueño de sí mismo.


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