Ulises
Ulises —TÚ, Cochrane, ¿qué ciudad lo mandó buscar?
—Tarento, señor.
—Muy bien. ¿Y después?
—Hubo una batalla, señor.
—Muy bien. ¿Dónde?
El rostro vacÃo del niño consultó la ventana vacÃa.
Fábula urdida por las hijas de la memoria. Y sin embargo algo asà como si la memoria no lo hubiera transformado en fábula. Frase de impaciencia, entonces; batir de alas desmesuradas de Blake[1]. Oigo la ruina de todo espacio, vidrio pulverizado y mamposterÃa en derrumbe, y el tiempo una lÃvida llama final. ¿Qué nos queda después?
—No me acuerdo del lugar, señor. Doscientos setenta y nueve a. C.
—Ausculum —dijo Stephen, echando una mirada al nombre y a la fecha en el libro cebrado de sangre.
—SÃ, señor. Y él dijo: Otra victoria como ésa y estamos perdidos.
El mundo ha recordado esa frase. Opaca tranquilidad de la mente. Desde una colina que se levanta sobre una planicie abarrotada de cadáveres, un general, apoyado en su lanza, habla a sus oficiales. Cualquier general, no importa a qué oficiales. Ellos atienden.