Ulises
Ulises —Él sabĂa lo que era el dinero —dijo el señor Deasy—. Hizo dinero. Un poeta, pero tambiĂ©n un inglĂ©s. ÂżSabe usted cuál es el orgullo de los ingleses? ÂżSabe usted cuál es la palabra más orgullosa que escuchará jamás en boca de un inglĂ©s?
El dueño de los mares. Sus ojos frĂos como el mar miraron la bahĂa desierta: la historia tiene la culpa: sobre mĂ y sobre mis palabras, sin odiar.
—Que sobre su imperio —dijo Stephen— jamás se pone el sol.
—¡Bah! —gritó el señor Deasy—. Eso no es inglés. Un celta francés dijo eso.
Hizo repiquetear su alcancĂa contra la uña del pulgar.
—Le diré —dijo solemnemente— cuál es su más orgullosa jactancia: Pagué mi precio.
Buen hombre, buen hombre.
—PaguĂ© mi precio. En mi vida pedĂ un chelĂn prestado. ÂżComprende usted eso? No debo nada. ÂżComprende?
Mulligan, nueve libras, tres pares de medias, un par de zapatos, corbatas. Curran, diez guineas; McCann, una guinea; Fred Ryan, dos chelines; Temple, dos almuerzos; Russell, una guinea; Cousins, diez chelines; Bob Reynolds, media guinea; Köhler, tres guineas; la señora McKernan, pensión de cinco semanas[13]. La suma que tengo no me sirve de nada.