Ulises
Ulises —No tiene que darme las gracias —dijo el señor Deasy—. Usted se lo ha ganado.
La mano de Stephen, libre de nuevo, volvió a las conchas huecas. SÃmbolos también de belleza y de poder. Un bulto en mi bolsillo. SÃmbolos mancillados por la codicia y la miseria.
—No lo lleve asà —le previno el señor Deasy—. Se le puede caer y perderlo en cualquier sitio. Cómprese uno de estos aparatos. Le resultará muy práctico.
Contestar algo.
—El mÃo estarÃa vacÃo a menudo —afirmó Stephen.
La misma habitación y la misma hora, la misma sabidurÃa: y yo el mismo. Tres veces ya. Tres lazos a mi alrededor aquÃ. Bien. Si quiero, puedo romperlos en este instante.
—Porque usted no ahorra —dijo el señor Deasy, señalándolo con su dedo—. Usted todavÃa no sabe lo que es el dinero. El dinero es poder, cuando usted haya vivido tanto como yo. Yo sé, yo sé. Si la juventud supiera. ¿Pero qué dice Shakespeare? No pongas más que dinero en tu bolsa.
—Yago —murmuró Stephen.
Levantó su mirada de las vanas conchas y la fijó en los ojos del viejo.