Ulises
Ulises Sacó de su chaqueta un portamonedas atado con una correa de cuero. Lo abrió de un golpe y extrajo dos billetes, uno de los cuales estaba formado por dos mitades pegadas, y los colocó cuidadosamente sobre la mesa.
—Dos —dijo, atando y volviendo a guardar su portamonedas.
Ahora, para el oro, a su caja fuerte. Las manos turbadas de Stephen se movieron sobre las conchas apiladas en el frío mortero de piedra: caracoles y dinero, moluscos y conchas moteadas como el leopardo; y esto, en espiral como el turbante de un emir, y aquello, la venera de Santiago[12]. La colección de un viejo peregrino, tesoro muerto, conchas huecas.
Un soberano cayó, brillante y nuevo, sobre el suave espesor del mantel.
—Tres —dijo el señor Deasy, jugando con la pequeña caja de dinero en la mano—. Es muy cómodo tener estas cosas. Mire. Esto es para los soberanos. Esto para los chelines, los seis peniques, las medias coronas. Y aquí las coronas. Mire.
Hizo saltar dos coronas y dos chelines.
—Tres libras doce chelines —dijo—. Creo que usted estará conforme.
—Gracias, señor —respondió Stephen, recogiendo el dinero con tímido apresuramiento y guardándoselo en un bolsillo de su pantalón.