Ulises
Ulises —Por favor, espéreme en mi estudio un momento —dijo el señor Deasy— hasta que restablezca el orden.
Y mientras volvÃa a cruzar la cancha con aire importante, su voz de viejo gritó severamente:
—¿Qué pasa? ¿Qué sucede ahora?
Las voces agudas lo asaltaron por todos lados: sus muchas formas se cerraron a su alrededor, mientras la deslumbrante luz del sol blanqueaba la miel de su cabello mal teñido.
Un aire agrio, pringoso de humo, impregnaba el estudio, junto con el olor del pardo cuero raÃdo de sus sillas. Como el primer dÃa que regateó conmigo aquÃ. Ahora es tal como era en un principio. Sobre el aparador, la bandeja con las monedas de los Estuardos[11], tesoro miserable de un fangal: asà será siempre. Y parejos en su caja de cucharas de felpa púrpura, descoloridos, los doce apóstoles después de haber predicado a todos los gentiles: mundo sin fin.
Un paso apresurado sobre las piedras del pórtico y en el corredor. Soplando su exiguo mostacho el señor Deasy se detuvo junto a la mesa.
—Ante todo ajustaremos nuestras pequeñas cuentas —dijo.