Ulises
Ulises El problema quedó resuelto.
—Es muy sencillo —dijo Stephen, levantándose.
—Sí, señor. Gracias —contestó Sargent.
Secó la página con una hoja de delgado papel secante y llevó el cuaderno de vuelta a su pupitre.
—Es mejor que tomes tu bastón y que vayas con los otros —dijo Stephen, mientras seguía la forma sin gracia del muchacho que se dirigía a la puerta.
—Sí, señor.
En el corredor se escuchó su nombre, voceado desde la cancha.
—¡Sargent!
—Corre —le dijo Stephen—. El señor Deasy te llama.
Se quedó en la galería y observó al rezagado que se apresuraba hacia el terreno baldío donde luchaban agudas voces. Eran distribuidos en equipos y el señor Deasy venía caminando sobre mechones de pasto con sus pies abotinados. Cuando llegaba al edificio de la escuela, las voces, de nuevo amotinadas, lo llamaron. Volvió su airado bigote blanco.
—¿Qué sucede ahora? —repetía continuamente, sin prestar atención.
—Cochrane y Halliday están en el mismo bando, señor —gritó Stephen.