EspÃa de Dios
EspÃa de Dios A través de los canales secretos del Vaticano, consiguen un encuentro. Una sala oculta, una mesa, dos sillas. Karoski entra sin miedo. Sin armas. Solo con una Biblia en la mano.
—No vine a pedir perdón —dice, mirándolos sin pestañear—. Vine a ver si alguno de ustedes merece salvarse.
El diálogo es una danza entre el juicio y la compasión. Karoski habla de los niños. De los años encerrado. De las noches en que rezaba para morir, pero despertaba con más rabia que nunca. Y de cómo un dÃa... decidió ser el instrumento que Dios olvidó.
—¿Y quién te dio ese derecho? —pregunta Paola, con los puños cerrados.
—El silencio. El mismo que tú sufriste, inspectora. El que te hizo fuerte, pero también cómplice.
La sala se congela. Karoski lo sabe todo. Incluso el secreto que Paola guardó durante años.
—No somos tan distintos tú y yo —le dice.
Ella no contesta. Pero una grieta se abre en su rostro.
El tiempo se agota. El cónclave está a punto de anunciar al nuevo Papa. Karoski deja una advertencia:
—Si el elegido es un hijo de la oscuridad… el templo caerá.
Y con eso, se desvanece en los pasillos. Como un fantasma que nunca fue del todo humano.