Espía de Dios
Espía de Dios La Capilla Sixtina resplandece con su belleza atemporal, pero la sombra que la recorre esta vez no es divina, sino humana. Las puertas se cierran con un estruendo milenario: comienza la última votación. Mientras los cardenales elevan sus oraciones, Karoski se mueve entre ellos como un virus invisible. Y nadie lo nota.
Fowler y Paola han perdido el rastro. No saben cómo ha ingresado, pero saben que está allí, dentro del epicentro del poder católico, a punto de dictar su sentencia final.
La votación es un ritual inmutable: papeletas dobladas, nombres escritos con mano temblorosa. Pero esta vez, cada voto pesa como una lápida.
En paralelo, el equipo de Paola revisa las cámaras de seguridad. Un rostro captado fugazmente entre túnicas negras activa las alarmas. Es Karoski. Disfrazado. Uno más entre ellos.
—Está allí. Está entre ellos —dice Paola, con un nudo en la garganta.
Fowler corre. No por orden. Por fe.
Pero lo que encuentran no es un cuerpo. Es un altar improvisado, en una habitación lateral de la Capilla Sixtina. Encima, un dossier. Fotografías, documentos, cartas. Pruebas irrefutables de los abusos cometidos por uno de los favoritos al papado. Y una nota: La última elección es vuestra .
