EspÃa de Dios
EspÃa de Dios Dentro de la iglesia de Santa MarÃa in Traspontina, yace un cadáver. No cualquier cuerpo. El hombre ha sido mutilado con precisión simbólica: ojos arrancados, manos seccionadas, un anillo cardenalicio aún intacto en uno de los dedos amputados. Un mensaje escrito con sangre sobre el mármol: Ego te absolvo .
—Dios Santo —susurra Paola al entrar en la escena, mientras el horror le golpea como un eco antiguo.
El subinspector Pontiero le acompaña. Cincuentón, endurecido por la calle y por años de fracasos. Le advierte: esto es demencial, incluso para ellos. Y lo es.
El cardenal asesinado no es un desconocido: Emilio Robayra , uno de los 115 purpurados destinados a elegir al próximo Papa. Su muerte pone en jaque a toda la Iglesia. Y no es un caso aislado.
—Creemos que esta es la segunda vÃctima —dice con voz seca el Inspector General del Vaticano, Camilo Cirin , un hombre tan invisible como temido. Todo sugiere un asesino en serie, pero uno que no deja huellas... salvo las cicatrices del alma.
El rastro de sangre los lleva de vuelta a Silver Spring, Maryland , al Instituto Saint Matthew , centro de rehabilitación para sacerdotes acusados de abusos. AhÃ, años atrás, un interno asesinó con precisión quirúrgica a otro sacerdote en su celda. Lo degolló lentamente con un cuchillo de pescado afilado con una baldosa suelta.