Espía de Dios
Espía de Dios Paola empieza a temblar por dentro. No lo muestra, pero la presión la está devorando. Sus sueños se llenan de ojos vacíos, manos amputadas, salmos distorsionados. Y en el centro de todo, una figura alta, delgada, con sotana negra y una sonrisa vacía: Karoski.
Pero Viktor Karoski no es un espectro. Es real. Y está muy cerca.
En una noche fría, mientras caminan entre las columnas del Vaticano, Paola se detiene.
—¿Qué harías tú si todo lo que creíste fuera una mentira? —pregunta, sin mirarlo.
Fowler no responde al principio. Luego, con voz apagada:
—Lo mismo que él. Pero no lo justificaría.
Descubren una pista clave: Karoski está usando las mismas rutas secretas que los servicios internos del Vaticano han ocultado durante siglos. Antiguos túneles, pasajes olvidados, cámaras selladas. El asesino conoce este laberinto mejor que nadie. Y ahora lo usan para cazarlo.
Uno de los túneles los lleva a un confesionario cerrado en la Basílica de San Pedro. Allí encuentran el cuerpo de un cardenal desaparecido. Está arrodillado, como rezando. Pero muerto. El mensaje es aún más brutal: Non absolveris peccatum nisi in sanguine. No habrá perdón sin sangre.