EspÃa de Dios
EspÃa de Dios Fowler, golpeado por recuerdos de su etapa en Irak, empieza a derrumbarse. Su fe, que apenas colgaba de un hilo, empieza a arder en llamas.
—Este hombre no es un psicópata común —dice, apretando los dientes—. Es un creyente. Pero su dios... es la justicia. No la misericordia.
Y eso lo vuelve más peligroso que cualquier terrorista que haya enfrentado.
Paola comienza a ver un patrón psicológico en las muertes. El asesino no busca placer. Busca purga. Castiga a quienes considera culpables, pero no actúa por venganza personal. Su crimen es un acto teológico. Y eso significa que su lista de vÃctimas no ha terminado.
Esa noche, Paola recibe una llamada. Una voz distorsionada, frÃa.
—Usted lo entiende, inspectora. Yo soy la herramienta. Ellos… son la enfermedad.
Karoski los está observando. Los está guiando. Y la lÃnea entre cazador y presa se difumina cada vez más.
Fowler propone una idea extrema: atraer a Karoski con una vÃctima potencial. Un cardenal sospechoso, protegido por el Vaticano. Paola lo rechaza al principio, pero sabe que puede ser su única opción.
—Si vamos a atrapar a un demonio —dice Fowler—, tenemos que entrar en su infierno.