Pedro Páramo
Pedro Páramo Caminando por esas calles, me crucé con Dorotea, una mujer pequeña, envuelta en harapos que parecían parte de su piel. Sus ojos reflejaban un vacío tan oscuro como el mismo pueblo, y su voz se quebraba con cada palabra. “Pedro Páramo me quitó todo, hasta lo que nunca tuve,” murmuró, y sus palabras se mezclaron con el sonido hueco de mis pisadas. “Él era el dueño de nuestras vidas… nosotros solo éramos sombras para él, cuerpos que podía moldear a su antojo.” Su voz era un eco de otros ecos, como si su historia no le perteneciera solo a ella, sino a cada uno de los muertos que se arrastraban en Comala.
“¿Y ahora?”, pregunté, sintiendo que su lamento era parte de esa telaraña de sufrimiento. “¿Qué queda de él?”
Dorotea soltó una risa amarga, que resonó como un grito ahogado. “Nada… ya no queda nada de Pedro Páramo, ni siquiera su sombra. Pero el daño… ese quedó para siempre. Él nos apagó uno por uno, nos secó, y ahora aquí estamos, atrapados, susurrando, sin poder irnos.” Los ojos de Dorotea se volvieron hacia mí, como si buscaran alguna respuesta en mis propios ojos. “Tú también lo sientes, ¿verdad? Cómo Comala te va jalando, te va atrapando, hasta hacerte parte de sus murmullos.”