Pedro Páramo
Pedro Páramo Asentí, porque en el fondo sabía que ella tenía razón. Comala no era solo un lugar, sino un estado que se adentraba en el alma, que te despojaba de toda esperanza hasta dejarte como una figura difusa, perdida en el tiempo y la desolación.
Mientras la noche caía, el murmullo de las almas se volvió más claro, como si el pueblo entero despertara con las sombras. Podía oír sus confesiones, sus lamentos, sus secretos. En cada rincón, en cada pared desmoronada, algo susurraba, algo pedía justicia o perdón. Era como si Comala hubiera sido condenada a revivir su tragedia una y otra vez, atrapada en un círculo sin fin, incapaz de encontrar descanso.
“Pedro Páramo nos hizo esto,” continuó Dorotea, su voz ya casi un murmullo. “Él jugaba con nuestras vidas, nos quitaba lo poco que teníamos, como si eso le diera sentido a la suya. Pero al final, ni siquiera él pudo escapar.” Hizo una pausa, y en el silencio de sus palabras sentí el eco de todas esas vidas atrapadas. “Lo peor de todo es que él también está aquí… como todos nosotros. Ni la muerte lo dejó libre.”