El corazón de una Bridgerton
El corazón de una Bridgerton Los días transcurrieron como una tormenta contenida, con Michael y Francesca atrapados en un juego de silencios y miradas furtivas. La confesión de Michael había abierto una grieta en la fachada de ambos, y aunque ninguno lo admitiera, sabían que el fuego ardía demasiado cerca de la superficie para ignorarlo.
Una tarde, Francesca se aventuró al jardín, donde Michael estaba supervisando a los jardineros. La primavera había comenzado a teñir las hojas de un verde brillante, pero el aire entre ellos seguía siendo frío. Ella no quería seguir evadiendo lo que sentía; necesitaba respuestas.
—¿Planeas evitarme para siempre? —le dijo, cruzando los brazos mientras se detenía frente a él. Michael se giró lentamente hacia ella, con el ceño fruncido. —Francesca, no creo que esto sea una buena idea. —¿Qué no es una buena idea? ¿Hablar conmigo? ¿Pretender que nada de esto ha sucedido?
La intensidad en su voz lo desarmó. Michael sabía que no podía seguir huyendo, pero tampoco podía darle lo que ella pedía sin destruir lo que ambos eran.
—No es eso —respondió con un susurro—. Pero si seguimos así, si dejamos que esto crezca, ambos nos arrepentiremos. —¿Arrepentirnos de qué, Michael? ¿De sentir?