Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO LXXX VIII

DURANTE EL PROCESO

Desde la primera declaración conocieron los reos que todo estaba perdido, y que no había plan posible de defensa.

Se les trataba desde luego como a embaucadores, lo mismo a Espinosa que al fraile; so le hablaba como quien ha penetrado en la intriga y sabe todos los caminos que iban a recorrer y subterfugios empleados y por emplear.

Era indudable que alguien había hablado; pero alguien perfectamente enterado de todo, puesto que la justicia estaba al alcance hasta de los menores detalles

Ahora bien, ¿quién podía haber sido, no siendo Catalina?

Ni Espinosa, ni fray Miguel, ni al capitán Báez esto no se podía pensar en serio.

A ninguno de los tres les tenía cuenta decir ni una sílaba de lo que tenían entre manos.

Por indiscreción o ligereza podían haber soltado alguna frase pero no la relación exacta y cumplidamente detallada de lo que había pasado entre ellos desde su primera cena en la hostería, cuando propusieron el negocio a Espinosa.

No había otra persona en quien pensar más que Catalina.

Espinosa y fray Miguel lo creían así.


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