Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO XXIII

Donde Montiño sufre una sorpresa terrible

Apenas estuvo el hidalgo Montiño sobre la cubierta de la galera, dirigió una mirada de popa a proa.

—¿Y John Leilán?-preguntó fijando sus negras y sagaces pupilas en Stauton.

—¿No os he dicho que se halla enfermo y se ha visto en la precisión de enviaros un recado por mi conducto?

—Como me manifestasteis que la dolencia era leve...

—Si, ¿quién lo duda?... un ataque reumático de los muchos que él padece.

—¡Mala cosa para un marino!

—No es ciertamente de las mejores.

—¿Luego el capitán está en su camarote?

—Esperándonos con impaciencia.

El hidalgo Montiño, seguido de Stauton, se aventuró por una de las escotillas.

Poco después penetraban ambos en la cámara de Leilán.

Este hallábase sentado junto a una mesa, sobre la que había dos botellas y varios vasos.

Una sonrisa se dibujó en los labios del inglés.

—¡ Ah, capitán! Dispensadme si no me pongo en pie para saludaros como exige la cortesía; pero esta maldita pierna me lo impide.


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