Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo —Entonces era una muchacha muy aceptable.
—¡Ya lo creo! Ahora ya es mucho más formal.
—No lo dudo; los años no pasan en vano. ¿Te acuerdas cuando ejecutaba aquellas danzas que tanto le gustaban al grosero público que asistÃa a nuestro barracón?
—¿ No he de acordarme?
—Asà como de la pobre Clavelina.
—¡ Ah! si ella viviese, yo la hubiese dado una participación en mi prosperidad. No olvidaré jamás que aquella pobre muchacha fué la única que enjugó mis lágrimas durante la niñez.
.-¡ Pobre chica!
—¡Qué Verdad es que el pasado, por malo que sea, siempre lo vemos revestido de encantos!
—En aquella época yo era feliz, porque no tenÃa aspiraciones de ningún género. Un pedazo de pan duro parecÃame el manjar más selecto, y después de nuestras exhibiciones, dormÃa a pierna suelta sobre el montón de paja que nos servÃa de lecho a Clavelina y a mÃ.
—Cierto. Aún me parece que estoy viendo el interior de la barraca. ¿Quién habÃa de decirte entonces que llegarÃas a vivir en uno de los palacios mejores de la corte, y sentarte a una mesa espléndidamente servida, alternando con familiaridad con personas tan principales como la condesa de Peñalosa?
—¡Cuántas vueltas da el mundo!