Roberto el pirata o el nieto del diablo

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¡Trescientos escudos! ¡Y ciento cincuenta que ya he percibido! Esto es una pequeña fortuna, sobre todo para un hombre que vive con el arreglo y la economía que yo. ¡Lástima que Teresa no haya accedido a mis amorosas pretensiones! Este sí que era un negocio redondo; porque hallándose en la compañía de esa joven, hija de un opulento hidalgo, y siendo huérfana ésta, no le faltarían a Teresa medios de explotarla, y yo a mi vez algo sacaría de esa explotación. En fin, no todo ha de salir a medida de mis deseos. Hoy por hoy me encuentro bastante satisfecho. Teresa me ha dicho que vaya a verla cuando quiera, y que si en algo puede servirme, lo hará con mucho gusto. ¿Qué más puedo desear? Posible es también que el supuesto hijo de la condesa haya cambiado de opinión y me reciba con menos altanería. Si esto sucede, soy el hombre más dichoso de este mundo, y me decido por la defensa dé la causa de Pepín, pues a don Rodrigo, como mas astuto, paréceme más difícil engañarle.

Carranza, haciendo estas reflexiones, llegó a su casa.

Una vez en ella, encendió un candil, y con paso incierto encaminóse hacia su cama.

—Ahora a dormir-se dijo.

Y sin desnudarse siquiera, se dejo caer en el revuelto lecho, donde se durmió con ese pesado sueño de la embriaguez.


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