Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO XXXIII

Donde Carranza se convence de que no puede sacar partido de Pepín

A la siguiente noche, Carranza, fiel a la promesa que le hizo a Pepín, dirigióse al palacio de Peñalosa.

El joven había dado orden a su escudero de que le hiciese pasar a su estancia apenas llegase.

Este pormenor fué considerado por Carranza como de buen agüero para la realización de sus planes.

El antiguo amante de Teresa penetró en el aposento.

Pepín le esperaba recostado indolentemente en un sillón.

Al ver entrar a Carranza no cambió su postura.

—Muy buenas noches, conde.

—Felices las tengáis.

—Según os prometí, vuelvo a esta casa para que me manifestéis vuestra resolución respecto al asunto de que hablamos.

—Ante todo tomad asiento.

Carranza obedeció, ocupando uno de los sillones que había en la estancia.

—Vamos a ver-dijo Pepín—; anteanoche me dijisteis que un inminente peligro me amenazaba.

—Con efecto; un peligro de muerte.


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