Roberto el pirata o el nieto del diablo

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—¡Parece imposible que os agrade cómo dice los versos esa mujer! —exclamó el Bravo, sonriéndose maliciosamente.

Pepín dirigió una insistente mirada al entrometido.

Pero como hallábase dispuesto a agotar su paciencia, esquivando un lance, permaneció silencioso.

En aquel instante aproximóse al joven un caballero que visitaba frecuentemente la casa de doña Beatriz.

—Muy buenas noches, don Luis. ¿ Habéis visto qué admirable ha estado la comedianta Felisa?

—Con efecto; es una verdadera artista.

—Y muy hermosa.

—Es verdad. Y, según dicen, no es la virtud la prenda que más la caracteriza.

—Lo creo. Las mujeres que se exhiben tienen mucho adelantado para caer del pedestal de la virtud.

El Canela se aproximó todavía más a Pepín, y, dándole familiarmente una palmada en el hombro, le dijo:

—Poco a poco, caballerito. Acabáis de decir unas frases inconvenientes.

Pepín se mordió los labios.

—Sabed-prosiguió el espadachín-que esa mujer es más pura que los rayos del sol, y que el que la ponga en duda tiene que habérselas conmigo.

Pepín ya no pudo contenerse.

El reto había sido demasiado directo.


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