Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO XXXIX

Donde la casualidad pone a Carranza en un riesgo grave

El alguacil Anchía penetró directamente en la estancia de Pepín.

Este había llegado a su casa hacía pocos momentos.

Al ver a su amigo le alargó la mano.

—Gracias, mi querido Colás; gracias a ti no he tenido un disgusto grande.

—Deber mío era defenderte.

—¡Lástima que no hayas podido prender a ese miserable de Carranza, del mismo modo que a los espadachines!

—Precisamente vengo a hablarte de él.

—¿Has encontrado su pista?

—A punto he estado de hallarla.

—¿Dónde?

—No puedes figurarte la cosa tan extraña que acaba de sucederme.

—Refiéremela. Como comprenderás, no tengo sueño. La aventura de esta noche me ha preocupado lo bastante para alejarle de mis ojos.

—Después que conduje a esos bribones a uno de los calabozos de la alcaldía, volvíme a mi casa, y no habría pasado un cuarto de hora cuando se presentó en ella un rapaz, asegurándome que era uno de los domésticos del hidalgo Peñalosa.

Pepín no apartaba sus ojos del alguacil.


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