Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo —No es eso todo-continuó el tÃo Roque—; lo más grave es que unas horas después, al amanecer, se ha presentado también el teniente de gobernador de Aragón por Felipe II, que debe haber hecho el camino de Zaragoza a Calatayud a uña de caballo, pues el alazán que montaba venÃa cubierto de polvo y sudor y echando espuma por boca y narices: daba lástima verle, como yo le he visto al pasar por la puerta de mi casa, a tiempo que yo andaba haciendo levantar a los mozos que tenÃan que ir a echar una punta al arado y unas herraduras a la yunta.
—Tienes razón, Roque; la llegada de ese segundo personaje es muy significativa. No viene su señorÃa a humo de paja tan a deshora y tan a matacaballo.
—¡Ya lo creo que no!-murmuró de improviso una voz robusta a espaldas del señor Jorge Blasco.
Este y todos los circunstantes se volvieron a ver quién era el que tan de hoz y coz se metÃa en la conversación ajena.
—¡Calle! ¡Mosén Lucas! —exclamaron todos a una.
En efecto, el entrometido era un clérigo de semblante bonachón, vigorosos puños y ojos vivarachos, que, envuelto en sus manteos, acababa de incorporarse al corro silenciosamente.
—Yo soy, hijos-contestó el nuevo interlocutor— y me alegro de llegar tan a tiempo, pues por lo que he oÃdo os estáis ocupando de las novedades que ocurren.