Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Ya hemos dicho que en el momento en que por Calatayud cundían de casa en casa y de corrillo en corrillo las novedades en el capítulo anterior apuntadas, era un día de Abril del año de gracia de 1590.
Por uno de esos contrastes tan frecuentes en la vida humana, mientras que los ánimos andaban nebulosos, sombríos y preocupados por la bilbilitana ciudad, el tiempo estaba sereno y apacible, y allá en las alturas sonreía si sol, llenando los mundos de alegría y regocijo.
Era uno de esos tibios días de primavera que tan indefinibles encantos prestan a los pueblos de la campiña.
Ni el más leve celaje empañaba aquella azul atmósfera que se extiende habitual mente, como inmenso manto de transparente tul, sobre la hermosa ribera que bañan el murmurador Jiloca y el frío Jalón, tan diestramente cantado por el poeta latino Marcial.
Después de un largo y borrascoso invierno, la naturaleza sonreía otra vez a sus amadores, vistiéndose con sus más esplendorosas galas y sus más seductores atavíos.
Por todas partes armonías, cánticos y bellezas.
