Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo En las feraces huertas de la ribera, cruzadlas en todas direcciones por moriscas acequias y cristalinos arroyuelos, y tan amorosamente cultivados por aquellos labriegos infatigables de nervuda musculatura y hercúleas fuerzas, ofrecían óptimo fruto legumbres y hortalizas y abundante coséchalos árboles frutales aún cubiertos algunos de blanquísimas y rosadas llores, y todos de follaje espléndido, que, daba a las brisas abundantes efluvios de oxígeno y aromas.
El cuco, oculto entre la fronda de los nogales, anunciaba con su monótono canto la proximidad de los calones estivales, y el ruiseñor, saltando de rama en rama por mimbreras, espadañas y escaramujos a las márgenes del río, enviaba al Creador los melodiosos trinos de su inimitable cántico de amores.
En usa palabra; la naturaleza entera se hallaba en pleno período de resurrección, y parecía como que todos los seres se levantaban del triste letargo de las noches largas, galvanizados por mágica corriente «que les inundaba de calórico y de vida.
Tal era el espectáculo prodigioso que ofrecía la creación la mañana de aquel día en que comenzaba a representarse, en la ordinariamente, tranquila ciudad de Calatayud, el prólogo de un drama que había de ser escándalo y espanto de todo un pueblo, en otro tiempo poderoso y grande y siempre valeroso y libre.