Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Una posta partió al siguiente día de Zaragoza con, la oportuna reserva, y llegó á Felipe II la noticia de la inflexibilidad del justicia mayor.
Guando el rey se enteró de los pliegos remitidos, por su confidente en Aragón, aunque ya se temía no obtener grandes éxitos de la altiva independencia de los magistrados y próceros aragoneses, rugió de coraje como león herido, estrujando convulsivamente entre bus manos la carta del marqués, mien— tras que un relámpago de cólera cruzaba por su cabeza nublando aquella mirada, ya tan sombría de suyo.
—¡Hola! ¡hola!-murmuró para sí; y una sonrisa infernal plegó ligeramente sus finos labios.— ¿Conque los aragoneses no se doblegan ante mi voluntad? ¿Conque se atreven á ponérseme frente á frente y á disputarme la presa de ese miserable traidor de Antonio Pérez?
Hubo una pausa, durante la que pareció que una tempestad se estaba formando, rápida y amenazadora, en el pensamiento de aquel implacable tirano.
Sus ojos brillaron con siniestros fulgores.
Y descargando sobre la mesa de despacho, que al lado tenía, el crispado puño, con terrible enojo exclamó, pudiendo apenas dominar su rabia:
—¡Está bien, señor justicia, está bien! ¿A mí, á Felipe II, con esos fueros? ¡Ah, vive Dios! ¡nos veremos, nos veremos!