Roberto el pirata o el nieto del diablo

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El justicia y otros muchos magnates y caudillos de los más comprometidos en los pasados acontecimientos, atraídos por estas nuevas y por las insistentes cartas que sé les dirigieron en sentido perfectamente conciliador, no vacilaron en regresar a Zaragoza, tomando él primero a ejercer las funciones de su alta magistratura, como si nada hubiera sucedido.

Los diputados y sus asesores, en vista de la ocupación militar de la ciudad, declararon que no podían deliberar mientras estuviesen en territorio aragonés las tropas castellanas.

Para tomar tal acuerdo apoyáronse en los fueros, olvidando que, realmente, no se hallaban en posición de hacerlos prevalecer desde el momento que el rey podía imponerles su voluntad omnipotente, apoyándose en el derecho de la fuerza.

Así transcurrieron bastantes días entre conferencias, protestas y negociaciones, que nunca acababan de tener resultado satisfactorio.

Los vacilantes diputados del reino pensaron en un nuevo recurso para alcanzar el olvido del rey y decidir de una vez el pleito en el sentido de la clemencia.

Al efecto, escribieron una muy respetuosa carta al príncipe de Asturias, don Felipe, rogándole intercediese con el rey, su padre, por ellos y por el reino y les restableciese en la perdida gracia de Felipe II.


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