Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Cuando estuvo en condiciones de tomar algún alimento que reconstituyese sus quebrantadas fuerzas, don Alonso abrió una mañana las maderas del balcón, por el que penetraron, a través de los vidrios, los dorados reflejos del sol.
Una sonrisa dibujóse en los labios del joven.
¿Quién puede dudar de la inmensa influencia que ejerce la luz sobre los enfermos?
Ella esparce el calor, y este es el principio más esencial de la vida.
—¡ Ah, doctor!-exclamó don Luis—; ¡qué hermoso día! Os confieso ingenuamente que no creí volver a contemplar los rayos del sol.
—Sin embargo, os habéis equivocado, por fortuna.
—Gracias a vos.
—Y a vuestra vigorosa naturaleza, y a ese pobre muchacho que habréis visto casi siempre junto a vuestro lecho.
—Con efecto.
—A ese es a quien verdaderamente debéis el contemplar ahora los destellos dé la luz; pues sin él, ni vuestra robustez, ni mis conocimientos científicos, hubieran bastado para libertaros dé la muerte.
—¿Y cuándo me permitiréis que os hable un rato para que sepáis lo que me sucedió?
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