Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO LXIV

Donde un hijo refiere a su madre sus vicisitudes

Imposible de describir es La impresión que experimentó doña Beatriz de Mondéjar al presentarse el joven Acevedo.

Al imaginar que su hijo era el aventurero Pepín había llorado amargamente.

De pronto aparecióse ante ella un gallardo joven, cuyas facciones tenían una extraordinaria semejanza con las del saltimbanquis, pero cuyos finos modales y natural elegancia superaban mucho a los de aquél.

La condesa, instintivamente, abrió los brazos y don Luis se precipitó en ellos.

Pasados los primeros transportes de alegría, y después que el alguacil Nicolás y sus compañeros salieron de la casa en busca de don Rodrigo de Peñalosa, que» como recordarán nuestros lectores, se arrojó por una ventana, doña Beatriz se aproximó a Elvira y a Lucía, que eran las únicas que habían quedado en el aposento, pues el doctor Santibáñez y Carranza, movidos por el impulso de la curiosidad, habían seguido a los corchetes.

—Hijas mías-dijo la condesa a las jóvenes—, necesito hablar con Luis a solas; os ruego, por lo tanto, que nos dejéis un instante.

Elvira y Lucía salieron del aposento.

Entonces doña Beatriz sentóse de nuevo al lado del joven.


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