Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo No dudó un instante que era su hijo.
Entonces se explicó perfectamente la incomprensible indiferencia con que había mirado a Pepín, de la que se lamentó varias veces con su protegida Elvira.
La condesa estuvo contemplando a don Luis por espacio de algunos minutos.
En los labios del joven vagaba una sonrisa.
En aquel instante era completamente dichoso.
—¡Hijo de mi alma!-exclamó doña Beatriz apoderándose de una de las manos de don Luis— dime cuanto, ha pasado. Explícame este misterio, que te restituye a mis brazos después de tantas peripecias.
—¡ Ah, madre mía, no he sido yo seguramente quien menos las ha sufrido!
—No lo dudo; pero dime, Luis, ¿no recibiste la carta que te envié a las Indias dándote cuenta del fallecimiento de mi esposo y de sus disposiciones testamentarias?
—Sí, madre; la recibí con la puntualidad debida.
—En ese caso, ¿ cómo no has venido antes?
—Apenas llegó a mí poder emprendí el viaje.
—¿Quizás alguna tormenta te ha detenido?
—No, madre mía.
—Habla, pues; ya comprenderás que estoy ávida por saber cuanto te ha sucedido.