Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Santíbáñez, apenas llegó a palacio, dirigióse a la estancia de fray Diego de Chaves.
Este, aunque era muy temprano, había abandonado su lecho.
Cuando el doctor penetró en la habitación, hay Diego se hallaba postrado ante un crucifijo, magnífica escultura, tallada en madera por uno de los mejores artistas de la época.
La luz del sol naciente apenas iluminaba el aposento.
Uno de los melancólicos rayos del crepúsculo matutino, bañaba con sus tenues reflejos la imagen del Redentor del mundo.
La sangre parecía brotar de su frente al sentirse Herida con la corona de espinas.
La expresión de aquel rostro era dolorosísima.
Fray Diego hallábase de rodillas, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos cruzadas en actitud de orar.
Sus labios agitábanse.
El doctor se detuvo en el dintel de la puerta.
El grupo que la escultura y el confesor formaban bañado por la luz crepuscular, hubiera sido digno de ser copiado por el pincel de un artista.
