Roberto el pirata o el nieto del diablo

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Esto siempre es una ventaja inmensa que permite a un difunto elevarse a la categoría que uno quiera darle.

Catalina, que no era ambiciosa, se contentaba con decir que había sido alguacil del Santo Oficio en cuyo caso la religión debía estarle agradecida, pues había contribuido a sn esplendor ayudando a quemar algunos herejes.

Gabriel no había tenido, tiempo de enamorara» más que de la gloria.

Pero estaba en vacaciones.

Le pareció bien la planchadora, y so enamoró,, enviándole su declaración en un plato de dulce, en figuras alusivas.

Aquello era del mejor gusto, y sobro todo, muy nuevo.

Gabriel se adelantaba a su época.

La viuda pesó el pró y el contra, decidiéndose, por último, a cambiar de estado por segunda vez.

Con este motivo, ambos partieron al pueblo de Gabriel para arreglar los papeles, de donde volvieron casados, por más que nadie recordó nunca haberlos visto cambiar el sí en la iglesia.

Para esto, Catalina tenía lo que los andaluces llaman sombra.

La primera vez nadie tuvo noticia de su marido; la segunda nadie recordaba haber presenciado su casamiento.

Pero esto nada tenía de particular: el pudor hace a veces que le oculten las cosas más inocentes.


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