Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Gabriel aprendió el portugués, y endulzo el paladar de la diplomacia europea durante algunos años.
El dómine, primero, y luego los padres del seminario, habían inculcado en él las más necesarias máximas de economía, de modo que al cabo de algún tiempo Se vió dueño de un modesto capital, reunido de la manera más dulce e inofensiva.
Entonces quiso descansar algunos meses, y se trasladó a Valladolid.
Sus superiores habían muerto; pero aún conservaba cariño a la cocina del seminario, que visitaba con frecuencia, y no era raro oír que decía, lleno de orgullosa satisfacción:
—¡Aquí me desasné!... ¡aquí me hicieron hombre!... ¡aquí coloqué la primera piedra del edificio de mi gloria y de mi fortuna!
* * *La casualidad le hizo conocer a Catalina.
Era ésta una joven viuda, que planchaba la ropa blanca, para el servicio de la iglesia del seminario.
Había adquirido el derecho de decir, siempre que venia al caso, «mi difunto», y esta frase da cierta respetabilidad a la persona que la pronuncia.
Catalina tenía el raro privilegio de que nadie hubiese conocido a su esposó; así es que nadie podía desmentirla en las cosas que de él contaba.