Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Pero Catalina y su marido se reían a mandíbulas batiente de aquéllos juramentos, que Dios no escachaba sin dada, puesto que su fama aumentaba al par que su bolsa.
No todo consistía en la suerte ni en la buena confección de los pasteles; entraba en gran parte la amabilidad de los propietarios y al buen trató que daban a cuantos entraban en el establecimiento.
No en vano maese Espinosa se había educado entre frailes.
Había aprendido el sistema de dar uno para recuperar ciento aparentando todo lo contrario.
Y conociendo que su mejor prospecto era el convento de agustinas, pues de allí debían partir los más exagerados elogios de su casa, se había dedicado en cuerpo y alma a servirlas, haciéndolas de vez en cuando algunos obsequios de pasta, a cambio de acericos y escapularios, que distribuía entre las gentes devotas de Madrigal, adquiriendo fama de hombre temeroso de Dios y fiel observador de sus preceptos.
Maese Espinosa estaba en vías de qué pensaran en canonizarle a su muerte; y tal vez lo hubiera conseguido, a no haber hecho, la casualidad que el portugués fray Miguel de los Santos y el capitán Báez cenaron una noche en su casa.
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