Roberto el pirata o el nieto del diablo

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Don Sebastián cerró los ojos para no ver: hubiera querido también que una ráfaga de aire le ensordeciese, porque lo que oía era terrible.

Aquellas voces sin eco le aterraban: era la muerte la que le dirigía La palabra.

La noche tenía ruidos siniestros.

Se oían en lontananza los cascos de los caballos sin jinete, que erraban por la llanura.

Se veían en revuelto montón cotas de malla y penachos, turbantes y alquiceles.

La luna quebraba sus rayos en cascos de bruñido acero, en petos y espaldares, en pomos de espada y hierros de lanza rotos, que manos amarillentas ya estrechaban aún, como para defender a los muertos de los muertos.

En el horizonte se veía moverse una línea negra, que cada instante cambiaba de posición.

Eran los cuervos, esos terribles convidados de la muerte, que acudían al opíparo festín.

El rey se llevó maquinalmente las manos a los ojos, como si se los escarbase un corvo y aguzado pico.

En seguida empezó a arrastrarse sobre sus rodillas.

Con uña mano se apoyaba en el suelo; con la otra procuraba contener la sangre de algunas heridas, que con el movimiento habían roto el coágulo natural.

Quería salir cuanto antes de aquel campo de horror, de aquella llanura maldita, donde por la mañana.


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