Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo La religión debía entrar también para algo en el asunto.
Al fin y al cabo se trataba de un fraile y éste sabía por experiencia lo que vale la sanción del principio religioso en los asuntos mundanos.
En aquel tiempo, la palabra de un fraile pesaba tanto o más que el juramento de un caballero.
No nos atrevemos a asegurar que hoy pase lo mismo.
Fray Miguel se mandó hacer los hábitos que correspondían a su orden, cuyo traje le sentaba Bastante mejor que el de paisano.
Al mismo tiempo supo dar a su rostro cierta expresión de ascetismo, que casi hacía de él un San Bernardo.
Era natural que reclutase sus amistades en el convento de religiosas agustinas.
No tuvo tanta prisa en hacerlo con los frailes de extramuros: primero, porque de nada le servían para sus intentos; luego vivían a gran distancia de la población.
Se hizo amigo íntimo del anciano vicario de las monjas; decía misa en el convento algunos días festivos, y aun llegó a confesar a alguna de las religiosas, para darle descanso a su cofrade, en el que la edad empezaba a asomar sus achaques.
