Roberto el pirata o el nieto del diablo

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Pues bien, coincidiendo con tal variación de conducta, mientras el hostelero seguía diciendo aquella, Catalina le llamaba don Gabriel o señor de Espinosa, como si uno se hubiera elevado y la otra hubiera descendido.

Gabriel salía mucho, pero siempre acompañado del fraile, quien le trataba con particular respeto, cediéndole siempre la derecha y no yendo entera— mente a su lado, sino algo detrás.

Y tanto influyó la conducta del religioso, que los vecinos de Madrigal, que antes le trataban con alguna confianza, al maese, que antes anteponían al apellido, sustituyeron con el señor de.

En vano se preguntaban unos a otros la causa de aquello; nadie daba con la respuesta, ni era fácil.

De modo que la hostería, que antes gozaba fama por sus pasteles, la tuvo luego por la abdicación misteriosa del pastelero, cuya conducta era un arcano.

¡Y cosa rara!

Catalina, aunque mujer, fué impenetrable.

Lo único que se pudo saber por el muchacho de servicio, fué que la hostelera, creyéndose sola, exclamó un día:

—¡Trocar sus pasteles por una corona!

Aquello fué un rayo de luz; ya creyó todo el mundo que la incógnita estaba descubierta.

Sin duda las relaciones del fraile habían influido en el pastelero lo suficiente para hacerle cantar misa.


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