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En una esquina vio Karl un cartel con el siguiente texto: «¡En el hipódromo de Clayton se contratará hoy, desde las seis de la mañana hasta la medianoche, personal para el Teatro de Oklahoma! ¡Os llama el gran Teatro de Oklahoma! ¡Y llama sólo hoy, sólo una vez! ¡El que ahora pierda la oportunidad, la perderá para siempre! ¡El que piensa en su futuro es de los nuestros! ¡Todos serán bienvenidos! ¡El que quiera hacerse artista, preséntese! ¡Éste es el Teatro que está en condiciones de emplear a cualquiera! ¡Cada cual tendrá su puesto! ¡Felicitamos anticipadamente a todo el que se decida! ¡Pero daos prisa a fin de que seáis atendidos antes de la medianoche! ¡A las doce cerramos todo y ya no volveremos a abrir! ¡Maldito sea el que no nos crea! ¡Adelante, a Clayton!»
HabÃa bastante gente delante del cartel, pero el interés que provocaba no parecÃa grande. ¡HabÃa tantos carteles!; ya nadie creÃa lo que los carteles decÃan. Y ése era aún más inverosÃmil que lo que suelen ser generalmente los carteles. Ante todo tenÃa un grave defecto: no se leÃa en él ni una sola palabra acerca de la paga. Por poco digna de mención que hubiese sido, el cartel se habrÃa referido a ella sin duda; no habrÃa olvidado el elemento más tentador. Nadie querÃa hacerse artista y, en cambio, todo el mundo deseaba que le pagasen por su trabajo.
No obstante, el cartel implicaba para Karl una gran tentación. «¡Todos serán bienvenidos!», decÃa. Todos, de manera que también Karl. SerÃa olvidado todo lo que hasta aquel momento habÃa hecho, nadie pensarÃa en reprochárselo. Allà podÃa él presentarse y solicitar un trabajo que no era ninguna vergüenza, sino al contrario, ya que era uno invitado públicamente a hacerse cargo de él. Y además, de la misma manera, es decir, públicamente, allà se hacÃa la promesa de que también a él se le acogerÃa. Él no pedÃa nada mejor; estaba deseoso de encontrar por fin el comienzo de una carrera decente y allà quizá se le ofrecÃa. Aunque fuese falso todo lo grandilocuente que habÃa en aquel cartel, aunque el gran Teatro de Oklahoma no fuese más que un pequeño circo ambulante, el caso era que estaba dispuesto a tomar gente, y eso bastaba.
Karl no perdió tiempo en leer el cartel dos veces; sólo buscó una vez más esa frase: «¡Todos serán bienvenidos!» Pensó primeramente ir hasta Clayton a pie, pero esto le habrÃa llevado tres horas de marcha esforzada y luego, posiblemente, habrÃa llegado justo a tiempo para enterarse de que ya habÃan sido ocupadas todas las vacantes. De acuerdo con el cartel, el número de los que serÃan admitidos era ciertamente ilimitado, pero de esta suerte redactábanse siempre todas las ofertas similares de empleos. Karl se dio cuenta de que debÃa renunciar al puesto o tomar un vehÃculo. Volvió a contar su dinero: sin ese viaje, le habrÃa alcanzado para ocho dÃas; sobre la palma extendida movÃa las moneditas de un lado para otro.
Un señor que lo observaba le dio unas palmaditas en el hombro, diciendo:
—Feliz viaje a Clayton.
Karl meneó la cabeza sin decir nada y siguió calculando. Mas se decidió pronto, apartó el dinero necesario para el viaje y fue corriendo a la estación del tren subterráneo.
Cuando descendió en Clayton, oyó al pronto el sonido de muchas trompetas. Era un sonido confuso, las trompetas no estaban afinadas una con otra y se las tocaba inconsideradamente. Este hecho no molestó a Karl, antes bien le confirmaba que el Teatro de Oklahoma era realmente una gran empresa. Pero cuando salió de la estación y vio ante sus ojos toda la planta instalada se dio cuenta de que todo aquello era más grande aún que lo que de cualquier manera hubiese podido pensar, y no comprendÃa cómo podÃa hacer tales inversiones una empresa con el solo fin de conseguir personal.
Delante de la entrada del hipódromo hablase construido una tarima, alargada y baja, sobre la cual centenares de mujeres —vestidas de ángeles, con telas blancas y grandes alas a la espalda— tocaban largas y refulgentes trompetas doradas. Mas no estaban ellas precisamente sobre la tarima, sino que cada una ocupaba un pedestal que empero no era visible, ya que las largas telas flameantes de la vestimenta angélica lo recubrÃan por completo. Ahora bien, como los pedestales eran muy altos, tenÃan quizá hasta dos metros de altura, las figuras de las mujeres parecÃan gigantescas y sólo sus pequeñas cabezas disminuÃan un tanto aquella impresión de grandeza. También sus cabelleras sueltas colgaban a los costados demasiado cortas, casi ridÃculas, entre las grandes alas. A fin de que no se produjera monotonÃa alguna habÃan utilizado pedestales de los más diversos tamaños; habÃa, pues, mujeres bajÃsimas y otras no mucho más altas que de tamaño natural, pero junto a ellas elevábanse otras mujeres a tales alturas que uno creÃa que peligraban con la menor ráfaga. Y bien: todas aquellas mujeres estaban tocando.
No habÃa muchos oyentes. Pequeños en comparación con las grandes figuras, paseábanse ante la tarima unos diez muchachos que elevaban las miradas hacia las mujeres. Mostrábanse unos a otros, a ésta o a aquélla, pero no parecÃan tener la intención de entrar para emplearse. HabÃa un solo hombre de más edad y éste permanecÃa un tanto apartado. Sin pérdida de tiempo habÃa traÃdo a su mujer también y a un niño en su cochecito. La mujer sujetaba con una mano el coche, con la otra apoyábase en el hombro de su marido. Admiraban por cierto el espectáculo; pero se notaba su decepción. Ellos también, sin duda, habÃan esperado encontrar una ocasión de trabajar, y aquel concierto de trompetas los turbaba. Karl, a su vez, se hallaba en idéntica situación. Se acercó al hombre, se quedó un rato escuchando las trompetas y dijo luego:
—¿Es aquÃ, según creo, donde se realiza la admisión para el Teatro de Oklahoma?
—Yo también lo creÃa —dijo el hombre—; pero hace ya una hora que estamos esperando aquà y no oÃmos otra cosa que esas trompetas. En ninguna parte puede descubrirse un cartel, no hay ningún pregonero, no hay nadie en ninguna parte que pueda dar alguna información.
Karl dijo:
—Tal vez estén esperando hasta que se reúna más gente. Realmente hay muy poca hasta ahora.
—Es posible —dijo el hombre; y se quedaron de nuevo en silencio.
Era difÃcil, por otra parte, percibir las palabras a través del estruendo de las trompetas. Luego, no obstante, la mujer le susurró algo a su marido, éste asintió y ella se dirigió inmediatamente a Karl preguntando:
—¿No podrÃa usted llegar hasta el hipódromo y averiguar dónde se realiza la admisión?
—Sà —dijo Karl—; pero tendrÃa que atravesar la tribuna por entre los ángeles.
—¿Y es tan difÃcil eso? —preguntó la mujer.
Le parecÃa que la empresa era fácil para Karl; pero era el caso que no querÃa enviar a su marido.
—Y bien —dijo Karl—; iré.
—Es usted muy amable —dijo la mujer; y tanto ella como su marido le estrecharon la mano.
Todos los muchachos se apiñaron para ver de cerca subir a Karl a la tarima. Era como si las mujeres soplaran con más fuerza para saludar al primer postulante de las vacantes. Y aquellas ante cuyo pedestal pasaba Karl en ese preciso momento, hasta se quitaron la trompeta de la boca y se inclinaron hacia un lado para seguirlo con la mirada mientras avanzaba. Karl vio en el otro extremo de la tarima a un hombre que se paseaba inquieto y que por lo visto sólo esperaba a la gente para dar a todo el mundo toda la información que se pudiera desear. Karl ya estaba para acercarse a él e interrogarlo cuando por encima de su cabeza oyó gritar su nombre.
—Karl —llamó el ángel.
Karl levantó la vista y su alegre sorpresa lo hizo reÃr. Era Fanny.
—¡Fanny! —exclamó saludando hacia arriba con la mano.
—Pero, ven aquà —exclamó Fanny—. ¡No irás a pasar de largo estando yo aquÃ! —Y abrió las telas de manera que quedaron libres el pedestal y una angosta escalera.
—¿Está permitido subir? —preguntó Karl.
—¿Quién podrÃa prohibirnos que nos estrechemos la mano? —exclamó Fanny y miró furiosa en su derredor como si ya se acercara alguno por esa prohibición.
Karl subÃa ya presuroso la escalera.
—¡Más despacio! —exclamó Fanny—. ¡Nos caeremos los dos, junto con el pedestal!
Pero nada de eso sucedió; Karl llegó afortunadamente hasta el último escalón.
—Mira —dijo Fanny una vez que se hubieron saludado—; mira qué bello trabajo he conseguido.
—Bello, muy bello —dijo Karl y miró en derredor. Todas las mujeres que estaban cerca ya habÃan advertido la presencia de Karl y reprimÃan apenas la risa—. Eres casi la más alta —dijo extendiendo la mano para estimar la altura de las demás.
—Te vi inmediatamente —dijo Fanny—; en cuanto saliste de la estación, pero por desgracia estoy aquà en la última fila; a mà no se me ve y yo, por mi parte, no podÃa llamar. Ciertamente me esforcé por tocar muy alto, para que me reconocieras; pero tú no lo notaste.
—Pero si todas vosotras tocáis mal —dijo Karl—; déjame que toque yo una vez.
—Toma —dijo Fanny dándole la trompeta—; pero no estropees el caro; podrÃan despedirme.
Karl comenzó a tocar; la trompeta le habÃa parecido burdamente fabricada, destinada tan sólo a producir ruido, pero ahora quedaba de manifiesto que se trataba en verdad de un instrumento capaz de ejecutar casi los menores matices. Si todos los instrumentos eran de idéntica calidad, se hacÃa un gran abuso de ellos. Sin dejarse molestar por el ruido de las demás, tocó Karl con todas sus fuerzas una canción que alguna vez habÃa escuchado en alguna taberna. Estaba contento de haber encontrado a una vieja amiga y de poder tocar allà la trompeta, preferido entre todos, y de tener, además, la perspectiva de obtener pronto, posiblemente, un buen empleo.
Muchas de las mujeres cesaron de tocar y se pusieron a escuchar cuando, de pronto, Karl se interrumpió; quedaba en actividad apenas la mitad de las trompetas y sólo poco a poco fue restableciéndose el alboroto completo.
—Pero si eres un artista —dijo Fanny al tenderle Karl la trompeta para devolvérsela—; procura que te empleen de trompetero.
—¿Acaso emplean también a hombres? —preguntó Karl.
—Sà —dijo Fanny—; nosotras tocamos durante dos horas. Luego nos relevan los hombres, vestidos de diablos. Una mitad toca las trompetas; la otra, los tambores. Es un bonito espectáculo; como que, en general, todo el equipo es muy costoso. ¿No es muy bonito también nuestro vestido? ¿Y las alas? —se recorrió con la mirada de arriba abajo.
—¿Crees —preguntó Karl— que yo también obtendré un puesto todavÃa?
—Con toda seguridad —dijo Fanny—; es el teatro más grande del mundo. Cuánto me alegra que estemos nuevamente juntos. Claro que ahora depende de la clase de empleo que te den. Pues también serÃa posible que, aunque los dos estuviéramos empleados, no nos viésemos, sin embargo, nunca.
—¿Pero es en realidad tan grande todo esto? —preguntó Karl.
—Es el teatro más grande del mundo —dijo Fanny otra vez—; yo misma, por cierto, no lo he visto todavÃa, pero muchas de mis compañeras que ya han estado en Oklahoma dicen que casi no tiene lÃmites.
—Pero viene a presentarse muy poca gente —dijo Karl señalando a los muchachos que permanecÃan allá abajo y a la pequeña familia.
—Es cierto —dijo Fanny—, pero piensa que tomamos gente en todas las ciudades; que nuestro personal de la sección de propaganda está viajando continuamente y que, como ésta, hay muchas secciones más.
—Pero, ¿no está inaugurado ese teatro todavÃa? —preguntó Karl.
—¡Oh, sÃ! —dijo Fanny—; es un teatro antiguo, pero lo amplÃan constantemente.
—Me extraña —dijo Karl— que no acuda más gente a disputarse esos puestos.
—Sà —dijo Fanny—, es raro.
—Quién sabe —dijo Karl— si esta movilización de ángeles y diablos no ahuyenta en lugar de atraer.
—Hay que ver cómo descubres las cosas —dijo Fanny—. Es posible que asà sea. DÃselo a nuestro adalid; quizás asà puedas serle útil.
—¿Dónde está? —preguntó Karl.
—En el hipódromo —dijo Fanny—. En el palco del jurado.
—También esto me extraña —dijo Karl—; ¿por qué se realiza esta admisión en el hipódromo?
—Sà —dijo Fanny—, hacemos en todas partes los mayores preparativos para el mayor gentÃo. Es que en el hipódromo hay mucho sitio. Y en todos los quioscos, donde suelen registrarse las apuestas, se han instalado las oficinas de admisión. Dicen que hay doscientas oficinas diferentes.
—Pero —exclamó Karl—, ¿tiene el Teatro de Oklahoma ingresos tan grandes como para sostener semejantes secciones de propaganda?
—¿Y eso qué nos importa a nosotros? —dijo Fanny—; pero ahora vete, Karl, para que no pierdas nada. Yo, por otra parte, debo volver a tocar. Intenta en todo caso obtener un empleo en esta sección y ven en seguida a comunicármelo. Piensa que quedaré muy intranquila esperando esa noticia.
Le estrechó la mano, lo exhortó a que tuviera cuidado al descender y acercó de nuevo la trompeta a sus labios, pero no comenzó a tocar hasta que Karl hubo llegado al suelo, sano y salvo. Éste volvió a poner las telas sobre la escalera, tal como estaban antes; Fanny se lo agradeció inclinando la cabeza, y Karl, recapacitando en diversas formas sobre lo que acababa de oÃr, se encaminó hacia el hombre que habiendo visto a Karl arriba, junto a Fanny, ya se habÃa aproximado al pedestal para esperarlo.
—¿Desea usted ingresar en nuestra empresa? —preguntó el hombre—; yo soy el jefe de personal de esta sección. Sea usted bienvenido.
PermanecÃa constantemente un poco inclinado hacia adelante, como por cortesÃa, y aunque no se moviera de su sitio, bailoteaba y jugaba con la cadena de su reloj.
—Gracias —dijo Karl—; he leÃdo el cartel de su compañÃa y he venido a presentarme, tal como allà se pide.
—Muy bien hecho —dijo el hombre en tono aprobatorio—; por desgracia aquà no todo el mundo procede tan bien.
Karl pensó que en aquel momento podrÃa advertir a ese hombre del hecho de que quizá fracasaran los medios de atracción de la sección de propaganda, precisamente debido a su grandiosidad. Pero no se lo dijo, pues aquel hombre no era en modo alguno el adalid de la sección, y además habrÃa sido poco recomendable que él, que ni siquiera estaba admitido todavÃa, hiciese ya proposiciones de mejoramiento. Por eso tan sólo dijo:
—Allá afuera espera otro que también quiere presentarse; me ha mandado a mà primero. ¿Puedo ir a buscarlo ahora?
—Naturalmente —respondió el hombre—; cuantos más vengan, mejor será.
—Ha traÃdo también a su mujer y, en su cochecito, a un niño; ¿les digo que vengan ellos también?
—Naturalmente —dijo el hombre; al parecer las dudas de Karl lo hacÃan sonreÃr—. Podemos emplear a todos, a quien sea.
—En seguida estaré de vuelta —dijo Karl y regresó corriendo hasta el borde de la tarima. Le hizo señas al matrimonio y pronunció unas palabras diciendo que podÃan acercarse todos. Ayudó a levantar el cochecito hasta la tarima y marcharon todos juntos.
Los muchachos, viendo aquello, se consultaron todos mutuamente, y luego, vacilantes hasta en el último momento, y con las manos en los bolsillos, subieron con lentitud a la tarima y siguieron finalmente a Karl y a la familia. En ese momento salÃan de la estación del tren subterráneo nuevos pasajeros que, viendo la tribuna con los ángeles, alzaban con asombro los brazos. De todas maneras, parecÃa que el concurso de vacantes cobrarÃa ya, con todo, mayor movimiento.
Karl estaba muy contento de haber llegado tan temprano, pues era acaso el primero; el matrimonio se mostraba temeroso y formulaba diversas preguntas sobre si serÃan grandes las exigencias. Karl dijo que no sabÃa nada cierto todavÃa, pero que realmente habÃa tenido la impresión de que tomaban a todos sin excepción. Según su parecer podÃan estar bien tranquilos. Ya el jefe de personal acudÃa a su encuentro; se mostraba muy contento de que fueran tantos; se frotaba las manos, saludaba a cada uno con una leve reverencia y apostaba a todos en una fila. Karl fue el primero, luego llegó el matrimonio, y sólo después los demás.
Cuando todos se hubieron situado —los muchachos al comienzo se agolpaban confusamente y transcurrió un rato hasta que se aquietaron— dijo el jefe de personal en tanto que las trompetas enmudecÃan:
—Les saludo a ustedes en nombre del Teatro de Oklahoma. Llegaron ustedes temprano —sin embargo, ya se aproximaba el mediodÃa—; el hacinamiento no es grande todavÃa, por lo tanto las formalidades de su ingreso quedarán pronto arregladas. Todos ustedes traen, naturalmente, sus documentos de identidad.
Los muchachos sacaron acto seguido toda clase de papeles, agitándolos hacia el jefe de personal; el marido empujó a su mujer y ésta extrajo de debajo del colchón del cochecito todo un fajo de papeles. Karl, por cierto, no tenÃa ninguno. ¿SerÃa esto un obstáculo para su admisión? De todas maneras sabÃa Karl por experiencia propia que tales prescripciones podÃan eludirse fácilmente si uno se mostraba un poco resuelto. Esto no era nada improbable. El jefe de personal revisó la fila, se cercioró de que todos tenÃan documentos y como también Karl alzó la mano, vacÃa por cierto, supuso que también en su caso todo estaba en orden.
—Está bien —dijo luego el jefe de personal rechazando con un gesto a los muchachos que pretendÃan que sus documentos fuesen examinados inmediatamente—; los documentos serán revisados ahora en las oficinas de admisión. Tal como ustedes habrán visto ya en nuestro cartel, podemos emplear a todo el mundo. Pero naturalmente es necesario que sepamos qué oficio ejercÃa cada uno hasta ahora para que podamos emplearlo en el sitio debido, donde pueda aprovechar sus conocimientos.
«Pero si es un teatro», pensó Karl dudando; y escuchó con muchÃsima atención.
—Por tanto —continuó el jefe de personal—, hemos instalado en las casillas de los recaudadores de apuestas oficinas de admisión, una oficina para cada grupo profesional. De manera que cada uno de ustedes tendrá que indicarme ahora su profesión; la familia pertenece, por lo general, a la oficina de admisión del hombre. Los conduciré luego a las oficinas, donde serán examinados primero sus documentos y sus conocimientos después; será un examen muy breve a cargo de peritos; nadie tiene por qué temer nada. Y allà mismo serán ustedes aceptados en el momento y recibirán las instrucciones del caso. Empecemos, pues. Esta primera oficina, como ya lo dice el letrero, se destina a los ingenieros. ¿Hay por ventura algún ingeniero entre ustedes?
Karl se presentó. Él creÃa que precisamente por no tener documentos debÃa esforzarse por salvar lo más pronto posible y precipitadamente todas las formalidades; además, tenÃa un pequeño derecho a presentarse puesto que él habÃa querido llegar a ser ingeniero. Pero viendo los muchachos que se adelantaba Karl, sintieron envidia y se presentaron todos ellos también; todos se presentaron: todos. El jefe de personal se irguió y dijo a los muchachos:
—¿Son ingenieros ustedes?
Y entonces todos ellos bajaron lentamente las manos; Karl en cambio persistió en su primera actitud. El jefe de personal lo miró incrédulo por cierto, pues Karl le parecÃa demasiado miserablemente vestido y también demasiado joven para ser ingeniero; sin embargo, no dijo nada, quizá por gratitud, porque Karl, al menos en su opinión, le habÃa traÃdo a los aspirantes. Se limitó a señalar la oficina con un gesto de invitación y hacia allà se encaminó Karl, mientras el jefe de personal se dirigÃa a los otros.
En la oficina para ingenieros habÃa dos señores sentados a ambos lados de un pupitre rectangular, los cuales cotejaban dos grandes listas que tenÃan delante. Uno de ellos leÃa en voz alta, el otro marcaba en su lista los nombres leÃdos. Cuando Karl, saludando, apareció ante ellos, dejaron inmediatamente las listas a un lado y sacaron otros libros grandes, que abrieron en seguida.
Uno de ellos, por lo visto nada más que un escribiente, dijo:
—Déme usted, por favor, sus documentos de identidad.
—Lamento no tenerlos conmigo —dijo Karl.
—No los tiene aquà —dijo el escribiente dirigiéndose al otro señor y registrando acto seguido la respuesta en su libro.
—¿Es usted ingeniero? —preguntó luego el otro que parecÃa ser el jefe de la oficina.
—No lo soy todavÃa —dijo Karl rápidamente—; pero...
—Basta —dijo el señor mucho más rápidamente todavÃa—; entonces ésta no es su oficina. Le ruego que observe el letrero.
Karl apretó los dientes; el señor debió haberlo notado, pues dijo:
—No hay motivo para inquietarse. Podemos tomar a todo el mundo. —Y le hizo una seña a uno de los ordenanzas que, ociosos, se paseaban entre las barreras—. Conduzca usted a este señor a la Oficina para Personal con Conocimientos Técnicos.
El ordenanza comprendió la orden al pie de la letra y cogió a Karl de la mano. Pasaron entre muchas casillas, en una de las cuales vio Karl a uno de los muchachos que habÃa sido admitido ya y que estrechaba, agradecido, la mano a los señores que allà estaban.
En la oficina a la cual Karl fue llevado después, el procedimiento se desarrolló de una manera parecida a la de la primera oficina, tal como Karl lo habÃa previsto. Sólo que de allÃ, cuando se enteraron de que habÃa cursado los estudios del ciclo medio, lo mandaron a la Oficina para Alumnos de Colegios de Ciclo Medio. Pero al decir Karl que él habÃa frecuentado un colegio del ciclo medio europeo, se declararon incompetentes también allà y lo hicieron conducir a la Oficina para Estudiantes del Ciclo Medio Europeo. Era una casilla situada en la punta más extrema: no sólo más chica sino hasta más baja que todas las demás. El ordenanza que lo llevó hasta allà estaba furioso por aquella prolongada conducción y por los muchos rechazos, de los cuales, en su opinión, Karl exclusivamente tenÃa la culpa. Ya ni se quedó esperando las preguntas; se marchó en seguida y presuroso.
Esta oficina era, sin duda, por otra parte, el último refugio. Al reparar Karl en el jefe de la oficina casi se asustó por el parecido que éste mostraba con un profesor que probablemente seguÃa aún dictando su cátedra como antes en la
Realschule de la ciudad natal. Ciertamente tal parecido estribaba tan sólo en pormenores, cosa que quedó manifiesta al instante; pero aquellas gafas que reposaban sobre la ancha nariz, aquella barba cerrada rubia, cuidada como un ejemplar de museo, la espalda levemente encorvada y la fuerte voz que prorrumpÃa inesperadamente cada vez, mantuvieron todavÃa durante un buen rato el asombro de Karl. Felizmente no fue necesario siquiera que se prestase allà mucha atención, pues las cosas se desarrollaron de un modo más sencillo que en las demás oficinas. Claro que también allà se registró que carecÃa de documentos de identidad y el jefe de la oficina dijo que era una negligencia inconcebible, pero el escribiente, que parecÃa ser el que allà mandaba, pasó por alto el hecho y declaró, después de algunas breves preguntas del jefe, y cuando éste precisamente se disponÃa a formular alguna de mayor importancia, que Karl estaba admitido. El jefe se volvió boquiabierto hacia el escribiente, pero éste, con un ademán definitivo, dijo:
—Admitido —y anotó además inmediatamente esa decisión en el libro.
Por lo visto el escribiente opinaba que el hecho de ser estudiante del ciclo medio europeo era de suyo tan denigrante, que se le podÃa creer sin más a cualquiera que afirmara tal cosa de sà mismo. Karl, por su parte, no tenÃa nada que objetar; se le acercó y quiso expresarle su agradecimiento. Pero una leve demora se produjo todavÃa cuando le preguntaron por su nombre. No respondió en seguida; tenÃa cierto temor de decir su verdadero nombre, de permitir que lo anotasen. Una vez que obtuviera allà aunque fuese el menor de los puestos y cumpliera con él a satisfacción podÃan enterarse de su nombre, mas no antes; demasiado tiempo lo habÃa callado para revelarlo de pronto en aquel momento. Dijo por lo tanto, ya que al instante no se le ocurrÃa ningún otro nombre, el apodo de sus últimos empleos:
—Negro.
—¿Negro? —preguntó el jefe y volvió la cabeza haciendo una mueca, como si ahora hubiera alcanzado Karl el colmo de la inverosimilitud.
También el escribiente miró a Karl durante un rato, como examinándolo, pero luego repitió: —Negro —y registró el nombre.
—¡Pero no habrá anotado Negro! —lo increpó el jefe.
—SÃ, Negro —dijo el escribiente con calma e hizo un gesto con la mano, como queriendo decir que ahora le tocaba al jefe disponer lo demás.
Y en efecto, el jefe se dominó y poniéndose de pie dijo: —Pues entonces el Teatro de Oklahoma le...
No pudo decir nada más; no podÃa con su conciencia; se sentó y dijo:
—No se llama Negro.
El escribiente enarcó las cejas, se levantó luego él mismo y dijo:
—Entonces le comunico yo que está usted admitido en el Teatro de Oklahoma y que ahora le presentarán a nuestro adalid.
De nuevo fue llamado un ordenanza, el cual condujo a Karl al palco del jurado.
Al pie de la escalera vio Karl el cochecito; precisamente venÃa bajando el matrimonio; la mujer llevaba al niño en brazos.
—¿Está usted admitido? —preguntó el hombre, ya mucho más vivaz que antes; y también la mujer, riendo, lo miró por encima del hombro del marido.
Al responder Karl que acababan de admitirlo y que ahora iba a ser presentado, dijo el hombre:
—Le felicito. También a nosotros nos admitieron. Parece ser una buena empresa; claro que uno no puede estar en todo, pero esto ocurre en todas partes.
Se dijeron «hasta luego», y Karl subió al palco. Subió lentamente, pues el pequeño espacio parecÃa atestado de gente y él no deseaba entrometerse a la fuerza. Hasta se detuvo un rato y abarcó de una mirada la gran pista del hipódromo que lindaba por doquiera con lejanos bosques. Sintió de pronto ganas de presenciar alguna vez una carrera de caballos; en América aún no habÃa tenido oportunidad para ello. En Europa lo habÃan llevado una vez a una carrera, cuando era un niño pequeño; pero él no podÃa recordar sino el hecho de haber sido arrastrado por la madre entre mucha gente que se negaba a dejar libre el paso. Por lo tanto, en verdad aún no habÃa visto nunca una carrera. A sus espaldas comenzó a traquetear una maquinaria; Karl se volvió y observó que en el indicador donde en los dÃas de carreras se publican los nombres de los vencedores, alzaban ahora la inscripción siguiente: «Comerciante Kalla, con señora e hijo». De manera que asà comunicaban a las oficinas los nombres de los admitidos.
Precisamente algunos señores venÃan bajando presurosos la escalera, en viva conversación, con lápices y hojas de apuntes en las manos; Karl se estrechó contra la balaustrada para dejarlos pasar y, ya que se habÃa despejado el sitio de allá arriba, subió. En un rincón de la plataforma provista de barandas de madera —tenÃa todo esto el aspecto de un techo plano de una angosta torre— estaba sentado, con los brazos extendidos a lo largo de la baranda de madera, un señor que llevaba, atravesada sobre el pecho, una ancha cinta de seda blanca, con la inscripción: «Adalid de la Décima Sección de Propaganda del Teatro de Oklahoma». A su lado habÃa, sobre una mesita, un teléfono que se utilizaba seguramente también durante las carreras y mediante el cual el adalid se enteraba, sin duda, de todos los datos necesarios referentes a cada uno de los aspirantes, aún antes de la presentación, ya que por lo pronto no le hizo ninguna clase de pregunta a Karl sino que dijo, dirigiéndose a un señor apoyado junto a él, con las piernas cruzadas y la mano en el mentón:
—Negro, estudiante del ciclo medio europeo.
Y como si con ello Karl, quien hizo una profunda reverencia, estuviera despachado por su parte, dirigió la mirada escaleras abajo para ver si llegaba alguien más. Puesto que no llegaba nadie, prestó atención de vez en cuando al diálogo que el otro señor entabló con Karl, pero la mayor parte del tiempo deslizaba su mirada sobre la pista del hipódromo y se quedaba golpeteando con los dedos sobre la baranda. Aquellos dedos delicados y no obstante vigorosos, largos y veloces en el movimiento, atraÃan de tiempo en tiempo la atención de Karl, a pesar de que el otro señor lo absorbÃa bastante.
—¿Ha estado usted sin ocupación? —preguntó por lo pronto aquel señor.
Esta pregunta, y asimismo casi todas las demás que hacÃa eran muy sencillas, absolutamente nada capciosas; y las respuestas, por otra parte, eran examinadas a la luz de otras preguntas intermedias; sin embargo, el señor sabÃa darles una importancia especial por esa manera de pronunciarlas con los ojos bien abiertos, de observar su efecto inclinando el busto, de recibir las respuestas agachando la cabeza sobre el pecho y de repetirlas en voz alta de cuando en cuando, importancia que por cierto no se entendÃa, pero
cuya sospecha ya lo tornaba a uno cauteloso y cohibido. Sucedió a menudo que Karl sintiera el impulso de revocar la respuesta dada, reemplazándola por otra que acaso encontrarÃa mayor aprobación, pero con todo se dominó y se abstuvo de hacerlo, pues sabÃa bien cuán mala serÃa la impresión que semejante titubeo habÃa de causar y cuán incalculable era además, casi siempre, el efecto de las respuestas. Mas, por otra parte, su admisión parecÃa ya cosa decidida, y el saberlo le procuraba cierto apoyo.
A la pregunta de si habÃa estado sin ocupación, contestó con un simple:
—SÃ.
—¿Dónde estuvo usted empleado la última vez? —preguntó luego el señor. Ya se disponÃa Karl a responder, pero entonces el señor levantó el Ãndice y dijo una vez más—: ¡la última vez!
Karl ya habÃa comprendido perfectamente la primera pregunta; sin querer movió la cabeza como para librarse de esta última observación que venÃa a confundirlo y contestó:
—En una oficina.
Esto todavÃa era verdad; pero si el señor llegara a exigir una información más concreta acerca de qué clase de oficina era ésa, entonces ya tendrÃa que mentir. El señor, sin embargo, no lo hizo; formuló, al contrario, una pregunta sumamente, fácil de contestar con toda veracidad:
—¿Estaba usted contento all�
—¡No! —exclamó Karl cortándole casi la palabra.
Con una mirada de soslayo notó Karl que el adalid sonreÃa ligeramente; Karl se arrepintió de lo irreflexivo de su última respuesta; pero habÃa sido en exceso tentador gritar ese no, pues durante toda la época de su último empleo sólo habÃa abrigado ese deseo tan grande de que algún patrono extraño entrara alguna vez y le dirigiese esa pregunta precisamente.
Su respuesta bien podrÃa acarrear otra desventaja más, porque el señor podÃa preguntar ahora por qué no habÃa estado contento. Sin embargo, en lugar de reparar en eso, preguntó:
—¿Para qué puesto se siente usted apto?
Esta pregunta quizá implicarÃa realmente una trampa, pues, ¿con qué fin la formulaban habiendo sido Karl ya admitido como actor? Mas a pesar de reconocer eso, no pudo, sin embargo, superar sus escrúpulos declarando que se sentÃa especialmente apto para la profesión de actor. Por lo tanto eludió la pregunta y, corriendo el riesgo de parecer testarudo, dijo:
—Leà el cartel en la ciudad y, como en él decÃa que se podÃa tomar a cualquiera, me presenté.
—Esto ya lo sabemos —dijo el señor; luego se quedó callado demostrando asà que insistÃa en su pregunta anterior.
—Me han admitido como actor —dijo Karl vacilando, para que el señor comprendiera el aprieto en que esta última pregunta lo habÃa puesto.
—Es cierto —dijo el señor enmudeciendo de nuevo.
—No —dijo Karl y toda la esperanza de haber conseguido un puesto comenzaba a tambalearse—; yo no sé si voy a servir para trabajar en el teatro; pero he de esforzarme y trataré de cumplir todas las órdenes.
El señor se volvió hacia el adalid, ambos asintieron con la cabeza: Karl parecÃa haber contestado como era debido; recobró, pues, ánimo y esperó erguido la pregunta siguiente. Ésta rezaba:
—¿Y qué quiso usted estudiar primeramente?
A fin de formular la pregunta con mayor exactitud —el señor ponÃa siempre mucho empeño en enunciar definiciones exactas— añadió:
—Quiero decir, en Europa.
Al mismo tiempo se quitó la mano del mentón con un ligero gesto que a la vez querÃa indicar qué lejos estaba Europa y cuán carentes de importancia los proyectos otrora allà concebidos.
Karl dijo:
—Mi deseo fue llegar a ser ingeniero.
Ciertamente esta contestación le resultaba enojosa; era ridÃculo refrescar allà aquel viejo recuerdo de que una vez habÃa querido hacerse ingeniero, refrescarlo con la conciencia clara de toda su carrera anterior en América y, además, ¿acaso hubiera llegado a serlo alguna vez, aun en Europa? Pero en aquel momento no se le ocurrÃa ninguna otra respuesta, de manera que dio aquélla.
Y el señor lo tomó en serio, tal como tomaba todas las cosas.
—Bueno —dijo—; no podrá usted llegar a ser ingeniero en seguida; pero tal vez le guste, por el momento, ejecutar cualesquiera trabajos técnicos inferiores.
—Ciertamente —dijo Karl.
Estaba muy contento; era verdad que si aceptaba el ofrecimiento se le trasladaba del gremio de los actores y se le colocaba entre los obreros técnicos, pero él creÃa que efectivamente se desempeñarÃa mejor en esa clase de trabajos. Por lo demás, y se repetÃa esto constantemente, en su caso no se trataba tanto de la clase de trabajo que le dieran, sino de fijarse en general en alguna parte y en forma permanente.
—¿Y es usted bastante fuerte para trabajos más bien pesados? —preguntó el señor.
—¡Oh, sÃ!,-dijo Karl.
En respuesta, el señor invitó a Karl a que se le aproximara más y palpó su brazo.
—Es un chico fuerte —dijo luego llevando del brazo a Karl junto al adalid. Éste asintió sonriendo, tendió a Karl la mano, sin que por otra parte alterara su descansada postura, y dijo:
—Entonces, hemos terminado. En Oklahoma todo esto será examinado una vez más. ¡Honre usted a nuestra sección de propaganda!
Karl hizo una reverencia en señal de despedida; quiso despedirse luego también del otro señor, pero éste ya estaba paseándose sobre la plataforma, con la cara dirigida hacia lo alto, como si sus tareas hubiesen concluido por completo.
Mientras Karl bajaba alzaron al lado de la escalera, sobre el tablero indicador, esta inscripción: «Negro, trabajador técnico».
Ya que en todo se procedÃa allà debidamente, ni siquiera hubiera Karl lamentado que en el tablero se pudiese leer su verdadero nombre. Todo esto funcionaba realmente con un cuidado sumo, pues al pie de la escalera ya esperaba a Karl un ordenanza, el cual le fijó en el brazo una banda. Al levantar Karl luego el brazo para ver qué decÃa la inscripción de la banda, halló impresas, precisamente, las palabras: «Trabajador técnico».
Antes de ser conducido a cualquier parte deseaba Karl poder comunicarle a Fanny con cuánta suerte se habÃa desarrollado todo. Pero, para su pesar, el ordenanza lo enteró de que tanto los ángeles como los diablos habÃan partido ya para su próximo destino, a fin de anunciar allà la llegada de la sección de propaganda, que tendrÃa lugar el dÃa siguiente:
—¡Qué lástima! —dijo Karl; era la primera decepción que experimentaba en esa empresa—. Yo tenÃa una conocida entre los ángeles.
—Volverá usted a verla en Oklahoma —dijo el ordenanza—; y ahora venga, es usted el último.
Condujo a Karl a lo largo de la parte trasera de la tarima, antes ocupada por los ángeles; ahora se veÃan allà tan sólo los vacÃos pedestales. Pero la suposición de Karl de que sin la música de los ángeles acudirÃa mayor cantidad de pretendientes resultó inexacta, pues ante la primera tarima ya no se veÃa ahora a ninguna persona adulta; sólo habÃa allà unos cuantos chicos que luchaban disputándose una larga pluma blanca que probablemente se habÃa desprendido de alguna ala de ángel. Un muchacho la sostenÃa en alto mientras que los otros chicos trataban de bajarle la cabeza con una de sus manos y son la otra intentaban atrapar la pluma.
Karl señaló a los chicos; pero el ordenanza, sin mirarlos, dijo:
—Venga usted más ligero; han tardado muchÃsimo en admitirlo, ¿tenÃan dudas?
—No lo sé —dijo Karl, asombrado, pero no creÃa tal cosa.
Siempre, aun cuando las circunstancias se presentaran clarÃsimas, se hallaba con todo alguien deseoso de causar preocupaciones a sus prójimos. Pero ante el aspecto afable que ofrecÃa la gran tribuna de espectadores, a la cual ya habÃan llegado, olvidó Karl bien pronto la observación del ordenanza. En dicha tribuna habÃa un banco largo y grande, cubierto de blanco mantel; todos los admitidos estaban allà sentados de espaldas a la pista, sobre el banco inmediatamente inferior, y eran convidados. La alegrÃa y la excitación eran generales y, en el preciso momento en que Karl se sentó inadvertidamente en el banco, incorporáronse muchos con las copas en alto y uno de ellos pronunció un brindis en homenaje al adalid de la décima sección de propaganda, a quien llamó «padre de los que buscan empleo».
Alguien hizo notar que también desde allà se le podÃa ver y en efecto, el palco del jurado donde estaban los dos señores era visible desde el lugar en que se encontraban. Todos agitaron sus copas en aquella dirección, también Karl cogió el vaso que tenÃa delante, pero por más que se gritara y se intentara llamar la atención, en el palco del jurado nada indicaba que hubieran advertido la ovación o que siquiera desearan advertirla. El adalid permanecÃa recostado, como antes, en el rincón y el otro señor seguÃa a su lado con la mano en el mentón.
Un tanto desilusionados sentáronse todos; alguno se volvÃa todavÃa de vez en cuando hacia el palco del jurado, pero se servÃan, haciéndolas circular, magnÃficas aves con muchos tenedores clavados en la carne sabrosamente asada. Karl nunca las habÃa visto de tan excelente calidad; los sirvientes no se cansaban de escanciar el vino —apenas se lo notaba, ya estaba uno de ellos inclinado sobre el plato y de pronto caÃa a la copa el chorro del rojo vino—, y quien no deseaba tomar parte en la conversación general, podÃa mirar estampas con vistas del Teatro de Oklahoma, apiladas en uno de los extremos de la mesa, para ser pasadas de mano en mano. Pero nadie se interesaba mucho por las estampas y asà sucedió que al sitio de Karl, que era el último, llegara una sola de esas vistas. Por lo que se podÃa deducir de ese cuadro debÃan de ser muy dignas de verse todas, sin embargo.
La estampa que Karl vio representaba el palco del Presidente de los Estados Unidos. A primera vista se podÃa pensar que eso no era un palco, sino el escenario, en tan majestuoso arco adelantábase el antepecho al espacio libre. Ese antepecho era completamente de oro, en todas sus partes. Entre las columnillas, como recortadas con finÃsima tijera, habÃanse colocado, uno junto al otro, unos medallones que representaban a los presidentes anteriores; uno de ellos tenÃa la nariz extraordinariamente recta, labios abultados y la vista rÃgidamente dirigida hacia abajo, oculta por abovedados párpados. En torno del palco, desde los lados y desde lo alto, surgÃan rayos de luz; era una luz blanca y suave que descubrÃa, literalmente, el primer plano del palco, mientras que su fondo, tras el terciopelo rojo que en pliegues y matices y guiado por cordones caÃa a lo largo de todos los bordes, aparecÃa como un hueco de rojizo resplandor. Apenas era posible imaginarse la presencia de seres humanos en ese palco, tan autocráticamente magnÃfico era el aspecto que todo eso ofrecÃa. Karl no olvidó la comida, pero miró, sin embargo, muchas veces esa ilustración que colocó junto a su plato.
Al fin y al cabo le hubiera gustado muchÃsimo, con todo, contemplar al menos una estampa más pero no quiso ir a buscársela él mismo, pues un ordenanza tenÃa su mano sobre las estampas y seguramente era necesario conservar el orden del turno, de manera que sólo intentó abarcar la mesa con la mirada para ver si a pesar de todo se iba acercando alguna estampa más. Y entonces notó con asombro —primero no quiso creerlo— entre las caras que más se agachaban sobre la comida, una que él conocÃa bien: Giácomo. Al instante corrió hacia él.
—¡Giácomo! —exclamó.
Éste, tÃmido como siempre que se le sorprendÃa, dejó la comida, se levantó en el estrecho espacio que habÃa entre los bancos y se limpió la boca con la mano, pero luego se puso muy contento de ver a Karl, le rogó que se sentara a su lado y se ofreció a pasarse junto al sitio de Karl en el caso de que éste no quisiera abandonarlo; anhelaban contarse todas las cosas y seguir siempre juntos. Karl no quiso molestar a los demás, por eso cada uno se quedarÃa, por el momento, en su sitio; la comida concluirÃa pronto y luego, naturalmente, ya harÃan causa común. Karl, sin embargo, se quedó un rato más junto a Giácomo, deseoso de mirarlo.
¡Cuántos recuerdos de tiempos pasados! ¿Dónde estarÃa la cocinera mayor? ¿Qué estarÃa haciendo Therese? El propio Giácomo no habÃa cambiado nada en su aspecto; la predicción de la cocinera mayor de que al medio año llegarÃa a ser forzosamente un duro norteamericano, no se habÃa cumplido; seguÃa delicado como antes, las mejillas igualmente hundidas, aunque en ese momento se veÃan redondeadas, pues tenÃa en la boca un trozo excesivamente grande de carne del cual sacaba lentamente los huesos sobrantes tirándolos luego sobre el plato.
Por lo que Karl pudo leer sobre su brazal, tampoco Giácomo habÃa sido tomado como actor, sino como ascensorista. ¡El Teatro de Oklahoma parecÃa, realmente, poder emplear a quienquiera que fuese! Abismado en la contemplación de Giácomo, quedóse Karl demasiado tiempo ausente de su sitio. Precisamente querÃa llegar, cuando llegó el jefe de personal que, subiéndose a uno de los bancos situados más arriba, golpeó las manos y pronunció un pequeño discurso mientras la mayor parte de la gente se levantaba y los que se habÃan quedado sentados, aquéllos que no podÃan separarse de la comida, eran obligados por empujones de los otros, finalmente, a incorporarse ellos también.
—Esperemos —decÃa (Karl ya habÃa regresado de puntillas a su sitio)— que les haya gustado nuestro convite de recepción. En general, la comida de nuestra sección de propaganda es objeto de elogios. Desgraciadamente, me veo obligado a levantar ya la mesa, pues el tren que llevará a ustedes a Oklahoma partirá dentro de cinco minutos. Es por cierto un viaje muy largo, pero ya verán ustedes que no les faltará ninguna clase de atenciones. Aquà les presento al señor que les conducirá en su viaje y al cual deben ustedes obediencia.
Un señor pequeño y magro trepó al banco sobre el cual estaba de pie el jefe de personal; apenas se tomó el tiempo necesario para efectuar una fugaz reverencia, pues comenzó inmediatamente a indicar, con manos nerviosas y extendidas, de qué manera habÃa de concentrarse, ordenarse y ponerse en movimiento todo el mundo. Sin embargo, no se le obedeció en seguida, pues aquel mismo comensal que antes habÃa pronunciado un discurso golpeó con la mano en la mesa y dio comienzo a una prolongada oración de agradecimiento, a pesar de que —Karl se inquietó muchÃsimo— se acababa de decir que el tren partirÃa acto seguido. Pero el orador no prestó atención al hecho de que ni siquiera el jefe de personal le escuchase —pues éste estaba dando diversas instrucciones al director del transporte—, esbozó su discurso a grandes trazos, enumeró luego todos los manjares que habÃan sido servidos, emitió su juicio sobre cada uno de ellos y concluyó luego resumiendo con esta exclamación:
—¡Estimados señores, ésta es la manera de conquistarnos!
Todos, menos los aludidos, se echaron a reÃr, pero aquello era, no obstante, más verdad que broma.
Hubo que expiar ese discurso por otra parte, ya que se hizo necesario correr apresuradamente hasta la estación. Pero eso tampoco resultó muy difÃcil, pues —Karl lo notó sólo en ese momento— nadie llevaba pieza alguna de equipaje; el único equipaje era en realidad el cochecito que a la cabeza de la compañÃa y conducido por el padre, daba botes como barco sin timón. ¡Qué clase de gente desposeÃda, sospechosa, se habÃa juntado allÃ; y se la recibÃa
y se la atendÃa, sin embargo, tan espléndidamente! ParecÃa que todos ellos le hubiesen sido recomendados con especial encarecimiento a aquel director del transporte. Ya cogÃa él mismo con una mano la barra de la manija del cochecito y levantaba la otra a fin de animar a toda la compañÃa; ya se le veÃa tras la última fila aguijoneando a los rezagados; ya corrÃa a lo largo de los costados y echaba el ojo a más de uno que avanzaba con paso retardado por el medio y trataba de hacerles comprender, agitando los brazos, que era sumamente necesario que corriesen.
Cuando llegaron a la estación ya estaba el tren dispuesto. La gente en la estación señalábase la compañÃa; se oÃan exclamaciones como ésta:
—¡Todos ésos son del Teatro de Oklahoma!
El Teatro parecÃa mucho más conocido que lo que Karl habÃa supuesto; cierto que él jamás se habÃa interesado mucho por asuntos de teatro. Todo un coche habÃa sido destinado especialmente a la compañÃa; el director del transporte apremiaba a subir más aún que el empleado del tren. Revisó primero cada uno de los compartimentos ordenando alguna cosa, aquÃ
y allÃ,
y sólo después subió él mismo.
A Karl le tocó casualmente un asiento junto a una ventanilla y arrastró a Giácomo a su lado. Y asà se quedaron sentados, muy apretados el uno contra el otro; en el fondo se alegraban los dos con motivo de este viaje. Tan libres de toda preocupación no habÃan hecho ellos todavÃa ningún viaje en los Estados Unidos. Cuando el tren arrancó, se pusieron a hacer señas, sacando las manos por la ventanilla mientras que los muchachos que estaban enfrente se daban con el codo uno a otro, porque eso les parecÃa ridÃculo.
El viaje duró dos dÃas y dos noches. Sólo entonces comprendió Karl la magnitud de los Estados Unidos. Infatigablemente miraba por la ventanilla y Giácomo pugnaba tanto por asomarse él también que los muchachos de enfrente, muy ocupados con su juego de naipes, se cansaron y le cedieron el asiento junto a la ventanilla. Karl les dio las gracias —el inglés de Giácomo no resultaba comprensible a cualquiera— y con el correr de las horas se volvieron mucho más amables, ya que otra cosa no puede suceder entre compañeros de compartimiento; pero muchas veces resultaba también molesta su amabilidad ya que, por ejemplo, siempre que se les caÃa al suelo una carta y se agachaban para buscarla, pellizcaban con todas sus fuerzas a Karl o a Giácomo en las piernas. En tales momentos Giácomo, que no cesaba de asombrarse, gritaba y levantaba mucho la pierna. Karl intentó una vez responder con un puntapié; sin embargo, toleró todo aquello calladamente. Todo lo que acontecÃa en el pequeño compartimiento, que aun con la ventanilla abierta estaba lleno de humo, carecÃa de importancia ante aquello que podÃa contemplarse afuera.
El primer dÃa atravesaron altas montañas. Macizos de piedra, de un negro azulado, se aproximaban en puntiagudas cuñas hasta el mismo tren; se asomaba uno por la ventanilla y buscaba en vano las cumbres: allà se abrÃan valles oscuros, estrechos, desgarrados, y uno señalaba con el dedo la dirección en que iban perdiéndose; allà venÃan anchos rÃos torrenciales, precipitándose con premura, en forma de grandes olas, sobre el quebrado lecho y, arrastrando en su seno mil pequeñas olas espumosas, volcábanse bajo los puentes que el tren atravesaba, tan cerca, que el rostro se estremecÃa al hálito de su frescor.
[3]
FIN
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