Carta al padre
Carta al padre Aquello fue entonces solamente un breve comienzo, pero esa sensación de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda, también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a tu influencia. Me hubiese sido necesario un poco de estímulo, un poco de cordialidad que me allanara ligeramente el camino; en cambio, tú me cerrabas el paso, indudablemente con la buena intención de desviarme hacia otro. Pero yo no servía para eso. Tú, por ejemplo, me alentabas cuando hacía bien el saludo militar, el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me estimulabas cuando podía comer mucho y aún tomar cerveza, o cuando lograba repetir canciones incomprensibles o repetir tus frases usuales, pero nada de eso pertenecía a mi porvenir. Y resulta demostrativo que aún hoy sólo me estimes en algo cuando te cabe participar en la emoción, cuando hiero tu egocentrismo (por ejemplo, con mi intención de casarme) o cuando alguien hiere en mí tu egocentrismo, (por ejemplo, cuando Pepa me insulta). Entonces se me anima, se me recuerda mi valer, se me señalan los partidos a que tengo derecho, y se condena a Pepa definitivamente. Pero, aparte de ser a mi edad ya casi insensible a los estímulos, ¿de qué me sirven si sólo aparecen allí donde ya no se trata en primer lugar de mí?