Cartas a Felice
Cartas a Felice QueridÃsima Felice, el enfriamiento como motivo de mi silencio ha sido solo una abreviación. Desde luego que me encontraba resfriado, también pasé un dÃa en cama, luego salà durante dos dÃas, pero fuera no estaba a gusto y me volvà a pasar otros dos dÃas en la cama, ahora bien, el resfriado no ha sido, ni por un momento, el motivo por el que me quedé en casa, lo que me hizo meterme en la cama fue un desconcierto general, un no saber qué hacer, en la esperanza de que este cambio, para el que aún me quedaban justo algunas fuerzas, me trajera un alivio. Pues estoy desesperado como una rata encerrada, insomnio y jaquecas hacen sentir su furia en mi interior, soy realmente incapaz de describir cómo paso mis dÃas. Mi única posibilidad de salvación, lo que primordialmente ansÃo, es verme libre de la oficina. Existen obstáculos: la fábrica, una supuesta imprescindibilidad mÃa en la oficina, donde en estos momentos hay mucho que hacer (disposición suplementaria: horario de trabajo, de 8-2 y de 4-6), pero ningún obstáculo de este tipo tiene la menor importancia si se lo compara con la necesidad de liberarme, con este plano que cada vez se hace más y más inclinado. Sin embargo, no tengo fuerza suficiente, hasta obstáculos más pequeños resultarÃan excesivamente grandes para ella. No es que la vida fuera de la oficina me cause temor, toda esta fiebre que abrasa mi cabeza dÃa y noche tiene su origen en la falta de libertad; ahora bien, en cuanto mi jefe empieza, por ejemplo, a lamentarse diciendo que si me marcho la sección se vendrá abajo (idea absurda, cuya ridiculez veo con toda claridad), y que él está enfermo, etc., ocurre que no puedo despedirme, que ese funcionario que han logrado hacer de mà es incapaz de despedirse. Y vuelta a empezar esos dÃas, esas noches.