Cartas a Felice
Cartas a Felice Si tú, Felice, tienes alguna culpa en nuestra común infelicidad (no voy a ponerme a hablar ahora de la mÃa, que es más grande que todas las montañas), dicha culpa no es otra que la de haber querido afincarme en Praga, cuando tu deber era haberte dado cuenta de que la oficina y Praga significan, cada vez más, mi perdición, y por ende la nuestra. Por supuesto que eso de atarme aquà no lo querÃas de un modo deliberado, no es que yo crea esto, la idea que tú te formas de las posibilidades de vida es menos timorata y más dinámica que la mÃa (pues yo estoy metido casi hasta el cuello en la burocracia austrÃaca, y por si fuera poco estoy también empantanado en inhibiciones personales); esta es la razón por la que tampoco tenÃas tú una necesidad imperiosa de contar con el futuro de forma más precisa. No obstante, tu obligación hubiera sido también la de valorar y presentir la existencia en mà de todas esas cosas, incluso en contra mÃa, incluso contra mis palabras. En el fondo yo no hubiera estado en contra tuya ni un solo instante. ¿Qué es lo que sucedió, en lugar de esto? En lugar de esto nos fuimos a comprar muebles, en BerlÃn, para la instalación de un funcionario en Praga. Muebles pesados, muebles que, una vez colocados, parecÃa poco menos que imposible el quitarlos de allà alguna vez. Lo que precisamente encontrabas en ellos de más valioso era su solidez. El aparador me producÃa opresión en el pecho, un perfecto monumento funerario, o un monumento a la vida del funcionario praguense. Si mientras visitábamos el almacén de muebles hubiera sonado a lo lejos en alguna parte una campanilla de oficio de difuntos, no hubiera estado nada fuera de lugar. Contigo, Felice, por supuesto que contigo, pero ser libre, dejar que trabajen mis fuerzas, esas fuerzas que tú no podÃas respetar —al menos no según mi idea— si las aplastabas bajo todos esos muebles. Viejas historias, perdona. Pero infinitamente dignas de ser discutidas, mientras nuevas y mejores historias no vengan a aportar la solución.