Cartas a Felice
Cartas a Felice Querida Felice, tu carta ha llegado al mismo tiempo que los primeros días bonancibles. Además, da gusto leer lo que escribes. Lo único es que no deberías negar lo que te importan los muebles, no aquellos, y tampoco los muebles en general, sino lo que hay a su alrededor, lo que, por ejemplo, hay entre el baile que se da en la casa y la paz del hogar, y que tú, por ejemplo, en Waldenburg encontraste tan «íntimo y agradable». Esto no es, por mi parte, ni palabrería rebuscada ni cosa peor, al decírtelo podría muy bien tener tu mano entre las mías. Además el no comprar los muebles tampoco era cosa tuya, sino mía, y la verdad es que, si bien de modo muy imperfecto, la he llevado a cabo. Te prevengo, y me prevengo, contra el hecho de que nos reunamos, piensa con suficiente intensidad en nuestros anteriores encuentros y esto te hará dejar de desear nuestra entrevista. Afortunada-infortunadamente no siempre tienes dolores de muelas, no siempre tengo derecho a ir a buscarte una aspirina, no siempre puedo acariciarte a solas en el pasillo. Así que nada de vernos. El Dr. Weiss, con quien me he mantenido en ininterrumpido contacto por carta, ha estado en Praga estos últimos días, va a volver y luego se irá a Berlín; estamos, al menos de momento, completamente distanciados, en circunstancias parecidas, hasta en sus menores detalles, a las de la vieja escena en el Askanischer Hof. En ello, quiero decir en ese parecido, no hay nada de particular. En el fondo hay que hacerme siempre los mismos primitivos reproches, cuyo representante principal y consanguíneo evidentemente es mi padre. Por supuesto que el regalo de cumpleaños para tu hermana ha sido expedido ya. ¿Tendrás vacaciones?