Cartas a Milena

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He empezado con la Donadieu, pero hasta ahora he leído muy poco, todavía he penetrado poco en el libro, y lo poco que he leído del autor, aparte de esto, no me ha entusiasmado. Alaban su sencillez, pero la sencillez es propia de Alemania y de Rusia; el abuelo es bondadoso, pero no tiene la capacidad de impedir que uno lo pase por alto al leer. De lo que llevo leído (estoy todavía en Lyon), lo mejor me parece característico de Francia, no de Philippe, un pálido reflejo de Flaubert, por ejemplo la súbita alegría en la esquina de una calle (¿se acuerda a lo mejor de ese párrafo?). La traducción está como hecha por dos traductores, a veces muy buena, y luego tan mala que resulta ininteligible. (En Wolff va a salir una traducción nueva). Pero en cualquier caso la leo de muy buen grado, me he vuelto un pasable lector pero muy lento. En este libro, por otra parte, me dificulta la lectura una debilidad mía: con las chicas jóvenes me siento muy inseguro, eso llega hasta tal punto que no le acepto esas jóvenes al autor, porque no le creo capaz de haberse acercado a ellas. Como si el escritor hubiera hecho una muñeca con el nombre de Donadieu para desviar la atención del lector de la verdadera Donadieu, que es muy distinta y está en un lugar muy distinto. Y en esos años de infancia de la joven yo veo, pese a todo su encanto, cierto rígido esquema como si lo que allí se cuenta no hubiera ocurrido realmente sino sólo lo de después, y aquello hubiera sido inventado posteriormente conforme a las leyes de la música, como una obertura, y adaptado a la realidad. Y hay libros en los que esa sensación dura hasta el final.


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