Cartas a Milena

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No conozco Na velké cestě[184]. Pero Chéjov me gusta muchísimo, a veces de un modo desatinado. Tampoco conozco Will el del molino; de Stevenson no sé nada en absoluto, sólo que es el preferido de usted.

Le enviaré Franzi[185]. Pero, salvo pequeñas excepciones, no va a gustarle nada. Eso se explica mediante mi teoría de que los escritores vivos tienen una relación viva con sus libros. Con su mera existencia luchan por ellos o contra ellos. La verdadera vida autónoma del libro comienza tras la muerte del autor o, mejor, algún tiempo después de la muerte, porque esos hombres diligentes siguen luchando un poco por su libro, más allá de la muerte. Pero después el libro se queda solo y no puede fiarse más que de su propia fuerza y de su energía vital. Por eso Meyerbeer, por ejemplo, fue tan sensato que quiso apuntalar esa vitalidad y por eso dejó un legado para cada una de sus óperas, en proporción quizás con la confianza que le inspiraban. Pero sobre eso aún habría algo que decir, aunque no sea muy importante. Aplicado a Franzi, eso significa que el libro del autor vivo es en realidad el dormitorio situado al final del piso, muy bonito si es muy bonito, y horroroso en el caso contrario. No es emitir un juicio sobre el libro si digo que me gusta mucho o si usted dice —pero tal vez no— lo contrario.


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