Cartas a Milena

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Hoy he leído un largo pasaje de la Donadieu, pero yo no acabo de hacerme con ese libro. (Ni hoy tampoco con la explicación, porque aquí al lado, en la cocina, mi hermana está de charla con la cocinera, cosa que yo desde luego podría impedir sólo con toser un poco, pero no quiero hacerlo, porque esa chiquilla de 19 años —la tenemos desde hace pocos días—, grande y fuerte, asegura que es el ser más desdichado del mundo, sin motivo alguno, es desdichada simplemente porque es desdichada, y necesita el consuelo de mi hermana, quien por cierto, como dice mi padre, de toda la vida «lo que más le ha gustado es estar con la criada»). Lo que quiera que yo diga contra el libro en la superficie será injusto, porque todas las objeciones provienen del núcleo y no del núcleo del libro. Si alguien ha cometido ayer un asesinato —y cuándo podría convertirse ese ayer ni siquiera en un anteayer—, no puede soportar hoy que le cuenten historias de asesinatos. Para él esas historias son todo a la vez: penosas, aburridas y excitantes. La solemne falta de solemnidad, la parcial imparcialidad, la admirativa ironía del libro: no puedo soportar nada de eso. Cuando Raphael seduce a la Donadieu, eso es muy importante para ella, pero qué tiene que hacer el escritor en el cuarto de un estudiante y menos aún el lector, con lo que ya son cuatro, hasta que ese cuartito se convierta en un aula de la facultad de medicina o de psicología. Y además en el libro apenas hay otra cosa que desesperación.


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