Cartas a Milena

Cartas a Milena

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Sigo pensando a menudo en su artículo. Creo, en efecto, cosa curiosa —para transformar los diálogos imaginarios en uno real: ¡Judaísmo! ¡Judaísmo!—, que puede haber matrimonios no debidos a la desesperación de la soledad, y son uniones que se han llevado a cabo de modo muy consciente, y creo que el ángel, en el fondo, también lo cree. Porque quienes se casan por desesperación, ¿qué ganan? Cuando se junta la soledad con la soledad, no nace de ello una patria sino una kátorga. Cada soledad se refleja en la otra incluso en la noche más profunda y tenebrosa. Y si se añade un aislamiento a una seguridad, para el aislamiento todo empeora más (excepto si es un aislamiento de una suave y juvenil inconsciencia). Contraer matrimonio significa, por el contrario, clara y rigurosamente definido como hipótesis: estar seguro.

Pero lo peor de momento es —ni siquiera yo lo habría esperado— que no puedo seguir escribiendo estas cartas, ni siquiera estas cartas importantes. Empieza el embrujo maligno de escribir cartas y me destroza aún más las noches, que ya se destrozan ellas mismas. Tengo que dejarlo, no puedo escribir más. Ay, su insomnio es distinto del mío. Por favor no escriba más.


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