Contemplacion
Contemplacion —¡Naturalmente! Mientras dormÃas, pasó por el camino.
—¿Yo dormÃa? No puede ser.
—Cállate, si se te ve en la cara.
—Pues te digo que no.
—Ven.
CorrÃamos más apretados, muchos se daban la mano, llevábamos la cabeza lo más erguida que podÃamos, porque el camino bajaba. Alguien lanzaba el grito de guerra de las pieles rojas, nuestras piernas se lanzaban a galopar como nunca; al saltar, el viento nos alzaba por la cintura. Nada hubiera podido detenernos; corrÃamos con tal Ãmpetu que aún cuando alcanzábamos a alguno podÃamos cruzar los brazos y mirar tranquilamente en torno.
Junto al puente del arroyo nos detenÃamos; los que habÃan seguido corriendo, volvÃan. Debajo, el agua golpeaba contra las piedras y las raÃces, como si no hubiera anochecido aún. No habÃa ningún motivo para que alguno de nosotros no saltara sobre el parapeto del puente.